No sería objetivo afirmar que la responsabilidad del atentado de ayer en Ankara se encuentra en los círculos más inmediatos al presidente turco Erdogan. Tampoco lo sería culparle a él o a sus seguidores del atentado en la capital kurda de Diyarbakir del 5 de junio o el de la localidad sureña de Suruç del 20 de julio. Sin embargo, la similitud de los objetivos, en ambos casos simpatizantes de partidos de izquierdas y prokurdos reunidos para manifestarse de manera pacífica y el momento político en el que se han producido, por la grave crisis parlamentaria turca que ha derivado en la convocatoria de un nuevo proceso electoral para el 1 de noviembre apuntan hacia quien más puede beneficiarse de ellos: los islamistas y los nacionalistas. Un enfrentamiento con los kurdos alentaría un porcentaje mayor de votos a estas dos tendencias. Los antecedentes así lo demuestran. Achacar la responsabilidad del atentado de Suruç a los islamistas de Daesh sirvió al gobierno de Erdogan de excusa en su lucha antiterrorista para lanzar una campaña represiva contra el PKK, lo que rompió la tregua de 2013. Los esfuerzos de los líderes del Partido Democrático de los Pueblos (HDP) -el partido pro kurdo y de izquierdas cuya irrupción en el arco parlamentario turco ha roto la mayoría del partido de Erdogan- por mantener la calma no ha hecho sino irritar más al mandatario turco, quien confía que la inseguridad y la violencia actual le garanticen más votos. La reacción del gobierno a la declaración unilateral del alto al fuego del PKK tras el atentado de ayer pondrá de evidencia si realmente quiere el poder a toda costa o está dispuesto a negociar la paz.