Las intrigas del sabotaje

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

El diccionario define el sabotaje como un acto conducente a destruir algo o a impedir su funcionamiento. Leído así, con la frialdad con que los académicos explican las palabras, no suena especialmente grave. La gravedad depende, seguramente, de la importancia del bien saboteado: no es lo mismo sabotear una central nuclear que un tendido eléctrico en un núcleo rural. Y no es lo mismo sabotear un autobús de transporte local que una línea de ferrocarril o un avión. Lo ocurrido en Cataluña en la línea del AVE está en nivel alto de riesgo y de daño. Tuvo un elevado coste económico, perjudicó a trece mil personas e introdujo la duda de la seguridad en un medio de transporte que puede circular a trescientos kilómetros por hora.

Es, por tanto, un suceso grave. Ejecutarlo es aparentemente fácil. Solo hacen falta tres cortes: el de la alambrada y los de la fibra óptica en ambas direcciones. Parece sencillo. Sin embargo, hay que saber muchas cosas: en qué tramos no hay cámaras de vigilancia, que existe una instalación clave para la seguridad de los trenes, dónde están las arquetas de acceso y cuáles son los cables que hay que cortar. Desde luego, los autores no parecen unos jovenzuelos que quisieron hacer la gamberrada de su vida. Hubo premeditación y conocimiento de las consecuencias.

Ahora, políticamente, ocurre lo de siempre que algo pasa en Cataluña: Madrid culpa a los Mossos d?Esquadra de falta de celo en la vigilancia. La ministra Ana Pastor justificó la acusación de falta de control en el hecho de que la mitad de los robos de cobre en las vías se producen en Cataluña. Y el consejero del Territorio de la Generalitat utilizó el argumento de la ministra para señalar que la mayoría de estos robos se producen en la red de cercanías, prueba de su desvelo y cuidado de los bienes del Estado. No hay un suceso en alguna provincia catalana que no plantee conflicto de competencias, que es la forma más fácil de que nada tenga solución.

Más allá de este detalle habitual, lo que ignoramos es la finalidad del sabotaje. Caben multitud de posibilidades, desde la venganza hasta el simple deseo de hacer daño. Pero hay algo que todo el mundo piensa y nadie se atreve a plantear: ¿y si tuviese intencionalidad política? ¿Y si fuese un atentado contra algo que se llama Alta Velocidad Española? ¿Y si fuese el daño planificado a una empresa del Estado español? No lo insinúo, simplemente lo planteo como especulación periodística por el lugar donde se hizo, por el momento elegido, por el clima de confrontación Cataluña-España y por la posibilidad de que alguien quiera acompañar con hechos simbólicos las intenciones de ruptura. Pocas veces fue tan necesario y urgente el descubrimiento de la verdad.