Razón de Aznar y sinrazón del Gobierno

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Lo malo de las reprimendas de Aznar a su propio partido es que tiene razón. Sus palabras caen en la calle Génova de Madrid como pedrisco en sembrado antes de la cosecha, pero son verdad. Es cierto que el PP lleva cinco avisos de las urnas, y es natural que su presidente de honor manifieste su inquietud. Y lo que dijo ayer, que los votantes españolistas de Cataluña creen más en Ciudadanos para contener el independentismo, es una realidad constatable en hechos. Si esos catalanes hubieran confiado más en el PP, lo habrían votado, y no lo hicieron. Al revés: le quitaron nueve escaños, se los dieron multiplicados al partido de Albert Rivera y lo situaron como segunda fuerza.

La traducción a la realidad política es incluso más cruel que lo dicho ayer por Aznar: a muchos nos deja con la duda de si un partido que pierde así en Cataluña es el mejor partido para gobernar España, siendo como es Cataluña el problema que hay que resolver. Se trata de resolver un enorme conflicto con asistencia popular muy limitada; por tanto, con escasa legitimidad de base. Para este cronista, como escribió en su día, es lo peor del desenlace de las últimas elecciones autonómicas.

Ante ello, lo de menos es que Aznar se haya convertido en propagandista eficacísimo de Ciudadanos, porque lo sitúa como sorprendente alternativa de Gobierno. No nos entretengamos en ese detalle, porque las encuestas siguen situando al PP como ganador de diciembre y con indicios de estar subiendo. Tampoco consuman muchas energías el presidente Rajoy y sus portavoces en echar a Ciudadanos al centro izquierda o en decir que no tienen experiencia de gobernación porque ni siquiera han sido concejales. Ocúpense del fondo: hay un asunto vital para la nación española, que es que el Gobierno de España empiece a ser un grupo de señoras y señores que quieren frenar la riada independentista con cubos y escobas y no pueden ser dique de contención.

Lo que le ha faltado a Aznar es aportar alguna solución. Se queda en el lamento, cómoda forma de ejercer de analista externo. Provoca un debate apasionante, pero a sabiendas de que los destinatarios de su mensaje no aceptarán ni una palabra. Dado el recuerdo de su gestión, no faltará quien le eche las culpas del florecimiento separatista porque Esquerra comenzó a crecer con el alimento que le dieron los excesos centralizadores. Ahora, asumidos todos los reproches, hay que escuchar el mandato que emerge para el día siguiente de las elecciones: si el partido que gobierna España no tiene autoridad social en Cataluña; si Cataluña da esa autoridad a Ciudadanos, lo siento por el rigor, la seriedad y el sentido de Estado de don Mariano Rajoy, pero está claro quién tiene que cambiar.