Dicen que en el Partido Popular se ha visto el fantasma del miedo. Este último lunes, desde luego, no fue para tener miedo, sino pánico. Las elecciones catalanas dejaban al partido con una imagen de residual poco compatible con la mayoría absoluta de que se disfruta en el Congreso de los Diputados. Junto con la Unió de Durán i Lleida era claramente el perdedor. En los periódicos había artículos que planteaban el despido del presidente Rajoy, al que se culpaba del fracaso electoral y del fracaso de la estrategia, del discurso y del «inmovilismo». Si faltaba algo, José María Aznar lanzó una de sus andanadas con carga de profundidad: van cinco avisos en otras tantas elecciones. Con Ciudadanos cercando la fortaleza, el escenario que dibujaba el presidente de honor era poco menos que apocalíptico. Una vez más, la tormenta perfecta.
Esas visiones catastróficas tropiezan con otra realidad. Las encuestas dicen que el Partido Popular sigue siendo el que disfruta de una mayor intención de voto y con tendencia al alza. Los resultados económicos seguirán jugando a su favor, salvo imprevistos. Como ayer señaló el presidente en la sesión de control, el clima social es de paz, con pocos conflictos laborales y arreglos en la negociación colectiva. Las elecciones hundieron al PP en Cataluña, pero la ausencia de mayoría de votos del independentismo puede ser entendida como un éxito del Gobierno en el resto de España. Y el panorama de los demás partidos puede hacer que funcione el voto útil, al que ya apela con insólito descaro la señora Cospedal.
¿Cuál es, por tanto, el problema? Digámoslo claramente: la tirria a Mariano Rajoy. Ha entrado en esa fase donde se le hace responsable de todo lo negativo. Si en una entrevista se le queda la mente en blanco dos minutos, se le ridiculiza en mítines y tertulias. Si su partido pierde unos escaños, no es por el candidato ni por la mala imagen de siempre de la derecha española en Cataluña, sino por la mala política de la presidencia. Y, por supuesto, se le acusa de falta de iniciativa, de cualidades didácticas y de capacidad de previsión. En la oposición lo saben, y el PSOE centra en Rajoy toda su ofensiva: deben haber percibido que es por donde resulta rentable atacar.
No es alarmante, con una condición: que las arremetidas externas no encuentren eco en las filas del PP. Si el partido se metiera en una crisis de liderazgo a menos de tres meses de las elecciones, sería un suicidio. Ante ese riesgo (que no sería la primera vez) es aconsejable una pregunta: ¿tiene el PP a alguien mejor que Rajoy? Si la respuesta es negativa como yo pienso, defiéndanlo y no destruyan su mejor capital. Por eso ha sido peligrosa y dolorosa la filípica de Aznar.