Recordaba ayer el pintor Eduardo Arroyo en un diario de Madrid una sabrosa anécdota que vale más que muchos análisis sesudos (y sesgados) sobre la supuesta complejidad del llamado problema catalán. En una ocasión, cuenta Arroyo, los Pujol (los papás de los hermanos Dalton, por supuesto) transmitieron al galerista del pintor un comentario («Creo que expone usted artistas españoles») del que aquel no tardó en extraer las oportunas consecuencias: Arroyo hace más de una década que no expone en Cataluña.
Otra anécdota protagonizada por el honorable expresidente, que de honorable no tiene más que el título, certifica el origen del drama que se vive en Cataluña. Un día me dijo Pujol, cuenta Borrell: «Usted no es catalán, usted ha nacido en Cataluña», y yo le contesté, «¿Y usted quién carajo es para repartir carnés de catalanidad?». Josep Borrell Fontelles, quien no es catalán según Pujol, nació en Puebla del Segur (Lérida) y ni sus apellidos ni su acento permiten albergar sobre su origen duda alguna. Pero Borrell, ¡ay!, no es nacionalista, lo que quiere decir que para los nacionalistas ha perdido por ello su condición de catalán.
Si todos los catalanes fueran nacionalistas (o, lo que para estos es lo mismo, buenos catalanes), el desafío independentista sería un simple enfrentamiento entre España y Cataluña, que es como, pese a la tozuda realidad, al secesionismo le obsesiona presentarlo. Y es que el nacionalismo es minoritario en Cataluña (el 41 % se declaran nacionalistas frente a un 57 % que afirman no serlo según la última encuesta realizada por el CIS), lo que ha dado lugar a que la minoría activa que impulsa la marcha hacia el abismo separatista presione sin tregua a la mayoría no nacionalista, ya durante años socialmente amedrentada, para que se una y se despeñe con ella si no quiere pasar por traidora a su país.
El próximo domingo sabremos cuál es el resultado final de esa innoble presión, que se ha hecho ahora insoportable, pero que forma parte del proceso de construcción nacional (fer país, en su versión más edulcorada) en el que el nacionalismo catalán, haciendo gala de una deslealtad constitucional realmente pavorosa, se embarcó desde el momento mismo en que tuvo en sus manos el instrumento para hacerlo: el inmenso poder que le dio la autonomía.
En todo caso, y aunque en las elecciones autonómicas fracasaran los independentistas, ese indesmayable proceso de construcción de la discordia civil dejará para muchos años una huella en la sociedad catalana muy difícil de borrar. Tal será, a la postre, la trágica herencia de Artur Mas: un país profundamente dividido, en el que los mutuos recelos (cuando no el odio abierto) entre vecinos, amigos e incluso familiares se ha instalado con la misma potencia que tiene la carcoma para devastar, silenciosamente, todo lo que toca.