Comedia de engaños


En Alemania, los campos semejan cultivados por motivos meramente estéticos. Cuando uno recorre sus carreteras tiene la sensación de navegar por un océano verde, con inmensas parcelas de lúpulo, trigo, vides, manzanos o maíz a uno y otro lado de las vías. Solo las montañas o los lagos interrumpen todo este mar de clorofila interminable de olas regulares y simétricas. Asombra la rectitud de las hileras de las plantas, su tamaño idéntico y el cuidado esmerado. La armonía lo invade todo en una casi enfermiza perfección. Nada hace sospechar de ningún defecto o vicio oculto detrás de tanto primor. Una exquisitez que parece que se ha querido convertir en norma también en otros ámbitos de la vida europea liderada por Angela Merkel, que en los últimos lustros ha apretado con puño fuerte cualquier pájaro del sur que haya intentado volar por otros cielos libres de tanto rigor estético. Ahora se ha sabido que el gigante germano Volkswagen, el mítico coche del pueblo, llevaba una ingeniosa trampa para encubrir los límites de las emisiones de gases tóxicos que los tubos de escape de tan excelsa mecánica escupen como las demás a la atmósfera. La fiabilidad que se restregaba por las narices de medio mundo, aparece de repente hecha añicos como el juguete deseado. Años y años de excelencia y millones arrojados al suelo de la bolsa de Fráncfort. La avaricia tampoco tiene límites a orillas del Rin, aunque sus aguas bajen claras. Decía Robert H. Jackson, fiscal del juicio de Núremberg, cuando le preguntaron cómo es posible que haya gente que cometa grandes barbaridades, que «tal vez no conozcamos a las personas». O tal vez, como escribió Saramago, este mundo sea una comedia de engaños.

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