Tal vez por mi condición de botánico, en más de una ocasión me han preguntado por qué, con carácter general, los términos relacionados con los vegetales se utilizan habitualmente con connotaciones negativas. Les confieso que no tengo ni la menor idea de cuál es la razón de que palabras como lechuguino o verdulera se utilicen con sentido peyorativo, pero como creo que el tema es jugoso y, estamos en verano, merece la pena una reflexión distendida. Vayamos al asunto. Todos conocemos gente que está en la berza y que afirma que hay cosas que le importan un bledo, un pepino o un rábano. Hay personas que nos dan calabazas, otras que son auténticos cardos borriqueros y, en ocasiones, afirmamos que una persona de inteligencia corta tiene una cabeza de alcornoque. Frecuentemente vemos gente que tiene cara de acelga y abundan a nuestro alrededor tipos que son auténticos cebollinos; cuando alguien está en un profundo coma afirmamos sin reparo que es «un vegetal», sin evidencia alguna de que realice la fotosíntesis y, finalmente, no referimos a un niño cursi como un repollo con lacito.
Los ejemplos son inagotables. Por el contrario, seguro que no han oído a nadie afirmar que algo le importa un neutrino, o que una persona es más rara que el lantano, y aunque es verdad que esta connotación negativa está presente también en el reino animal y mineral, ya que existen tipos que son auténticos animales de bellota o vecinos que son verdaderos plomos, tanta diversidad negativa parece exclusiva del mundo de los vegetales. Cuando he consultado la cuestión con los expertos, estos han señalado que desde el punto de vista semántico es evidente que estas expresiones encierran la idea de pequeñez, insignificancia o de escaso valor de estos vegetales, y que pueden ser equivalentes a otras de índole vulgar y escatológico.
El origen medieval de las mismas permitiría, por otra parte, relacionar su valor con la economía de trueque, con la que se realizaban las operaciones comerciales de manera cotidiana en el mundo rural. Sin embargo, la mayoría de estas expresiones son hoy propias del ambiente urbano y muy poco utilizadas en el entorno rural.
En el campo no es común el uso de estos términos; allí hay cosas que importan «un carallo» o hay tipos más tontos que «pichote», pero nada de maltratar verbalmente los productos del campo. Puestos a hacer comparaciones, sería equivalente a que en nuestros pueblos se usarán expresiones como «me importa un semáforo» o «tiene cara de iPhone» en modo de referencia negativa a la llamada cultura urbana. Sea cual sea la razón de esta menestra semántica, me disgusta el uso de los vegetales con sentido negativo porque me recuerda la célebre frase que afirma que la botánica «es el arte de insultar a las plantas en latín».