Entre la Meridiana y la Gran Vía

OPINIÓN

En solo una semana, los ciudadanos españoles hemos sido sorprendidos por dos inmensas manifestaciones difíciles de interpretar. La primera tuvo lugar en la Gran Vía de Vigo, donde más de cien mil ciudadanos salieron a protestar contra la apertura de un hospital que, más allá de las correcciones que exijan sus instalaciones, constituiría un tinte de orgullo y una evidencia de progreso y bienestar en cualquier país del mundo. Y la segunda se celebró en la Meridiana de Barcelona, donde un millón de catalanes salieron a protestar -supongo- por estar entre los más ricos de España, por tener los niveles de autogobierno más altos de Europa, porque los vagos de otras latitudes les robamos sus impuestos y por gozar de un marco de libertades que les permite desafiar al Estado y hacerle peinetas a la Constitución.

La manifestación de Barcelona, medida al peso, es más grande. Pero la de Vigo, en proporción a la ciudad, bate récords mundiales. En los dos casos gozan de una condescendencia mediática y social inexplicable. Y en ambas se da por supuesto que, por más engaño y manipulación que haya en sus convocatorias, en nada resultan comparables con el avieso capitalismo o la supina pasividad y estulticia de los tres poderes del Estado. Por eso hay que empezar a pensar qué nos está pasando.

La ciencia política, cuyo objetivo fundacional fue la racionalización del hecho político -en perspectiva descendente hasta las revoluciones liberales, y en perspectiva ascendente, desde los ciudadanos al poder, en los dos siglos siguientes-, se ve sorprendida hoy por una inédita irrupción de las emociones y por la recesión alarmante de la racionalidad, como si las emociones respondiesen a motivaciones verdaderas y morales, y la racionalidad fuese un subterfugio del dominio que ejercen los poderosos sobre el pueblo. Por eso hay que suponer que este tsunami emocional que ha salido a las calles de Vigo y Barcelona, en flagrante contradicción con cualquier análisis sólido de sus motivaciones, entroniza una nueva forma de hacer política, cuyas consecuencias son aún difíciles de vislumbrar.

Analizar este quiebro de las motivaciones políticas representa una tarea imposible para este artículo y para una generación entera de politólogos. Pero lo que ya se puede advertir es que las emociones son mucho más manipulables que las razones, que introducen en la política el síndrome fatal del individualismo y la fragmentación social, y que pueden dejarnos inermes ante los líderes de la seducción transitoria y frente a la debilidad o carencia de los controles sistémicos de las democracias. Los síntomas y evidencias de que los españoles actuamos como una temeraria avanzadilla de las sociedades posdemocráticas brotan por doquier. Y por eso espero y pido, por si llega el paroxismo, «que Dios nos coja confesados».