Hace algún tiempo que quería escribir este artículo; lo fui posponiendo y escribo ahora a la vuelta del verano, que es cuando se realizan los trayectos largos por las autovías y es cuando recuerdas los tediosos viajes de más de ocho horas en pequeños automóviles sin aire acondicionado y circulando por calzadas romanas revisitadas con asfalto, largas y lentas caravanas y múltiples travesías urbanas que hacían insufrible la distancia infinita, pongo por caso, entre la costa lucense y Madrid. Es ahora, digo, cuando cumplo con la deuda adquirida.
Salíamos muy temprano, cuando aún no despuntaba la mañana, y rendíamos viaje, llegábamos a nuestro destino, cuando ya en el pueblo se encendían las luces iluminando la noche. Cada ciento y pico kilómetros, si no se calentaba el motor antes, parábamos en lugares preestablecidos en esa memoria cultural, con algo de leyenda urbana, que aseguraba que los turismos deben efectuar una parada allí donde veas aparcados camiones, pues, según decía la tradición popular, esos mesones a orilla de la carretera gozaban de una cocina popular de prestigio.
Hacíamos cola para tomar un café y saborear un bocadillo de salchichón y hacer aguas menores en aquellos roñosos excusados con la puerta rotulada con infinidad de mensajes soeces replicados en todos los WC de mesones, tabernas, cafeterías y paradores que salpicaban las venas de la piel de toro, las viejas y achacosas carreteras españolas.
Nuestra memoria viajera está poblada de aquellos cutres y a la vez entrañables bares de carretera que eran hitos en las etapas de los viajes. Puerto Lápice o Despeñaperros, La Ruta Gallega o el hostal Landa en Burgos son chinchetas de colores clavadas en el mapa de las rutas españolas.
La montañas de bocadillos de media barra, la ensaladilla rusa desbordando las bandejas, el queso en aceite o los chorizos de la zona eran más que un reclamo. Conformaban la radiografía de cómo éramos, de todo un pueblo, un país que se asombraba con casi todo.
La decoración era un muestrario kitsch del mal gusto de la época. No faltaba un cartel anunciando que «hoy no se fía, mañana sí», y un grueso cayado de madera con la inscripción de «libro de reclamaciones». Toda suerte de banderines o colecciones de llaveros compartían espacio con una foto dedicada de una alineación del Real Madrid o del Barça.
El viento del progreso y la España de las autopistas y autovías fueron barriendo aquellos establecimientos. Hace años que no paro en Celada a la mitad del camino que más frecuento, y los nuevos bares son cafeterías modernas, franquicias de cadenas hosteleras, todas iguales e impersonales, o cafés de gasolinera. Han sobrevivido la ensaladilla y el pincho de tortilla, que, junto a las madalenas regionales o a los pasteles de jocosos nombres, son el grueso de la oferta culinaria.
Quiero rendir un pequeño homenaje a los desaparecidos locales que a las orillas de las carreteras nos hicieron soñar con un destino deseado que estaba escrito en los posos del café o en la apresurada cerveza. Aquellos figones abiertos día y noche que no cerraban nunca.