El hospital de Vigo

OPINIÓN

No me gusta lo más mínimo el populismo de Abel Caballero y tampoco la demagogia de la Plataforma en Defensa de la Sanidad Pública. Soy consciente, además, de que el ejercicio mediocre de la política que invade nuestro país hace que tirios y troyanos, en esto nadie está libre de culpa, utilicen espuriamente los errores del contrincante, los exageren hasta el infinito y traten de hacer leña del árbol caído. Todo ello, entiendo, tuvo que ser considerado atentamente cuando el Gobierno de Núñez Feijoo decidió afrontar la construcción de un nuevo hospital para la ciudad de Vigo. Por eso, cuando en vez de estar celebrando que los vigueses disponen de un nuevo hospital estamos asistiendo a una escena más propia de Pepe Gotera y Otilio que otra cosa, hay que reconocer con humildad que ha habido un serio problema de planificación, probablemente de gestión y en cualquier caso de comunicación. Y mientras esto no se reconozca, ni el presidente ni el PP van a recuperar el cariño y los votos de los vigueses.

Soy un firme partidario de la colaboración público-privada. Abundan ejemplos excelentes de las bondades del sistema, más allá de ideologías. En Andalucía tenemos el caso del Hospital San Juan de Dios del Aljarafe, un consorcio público puesto en marcha en el 2003 por la Orden Hospitalaria y la Junta de Andalucía para atender un total de 28 municipios y 277.234 habitantes. Pero a estas alturas de mi vida ya no me lo creo todo, y por esa razón también reconozco que este instrumento, si no se aplica bien, puede tener consecuencias nefastas para las arcas públicas y los intereses de los enfermos.

No acierto a comprender cómo se le ha dado a la concesionaria de Vigo un aparcamiento en régimen de monopolio, cómo no se han negociado precios públicos y cómo no se le han impuesto condiciones más que ventajosas para los enfermos crónicos que han de acudir repetidamente al hospital y para los trabajadores de este. Sencillamente, no lo entiendo, es más, lo considero altamente inmoral. Un simple ejemplo de que las cosas se han hecho mal, muy mal. Las prisas siempre son malas, y en política lo son mucho más.

No conviene echar gasolina a un conflicto que ha sacado a las calles de Vigo a miles de ciudadanos, en una de las manifestaciones más numerosas que se recuerdan. Es la hora de la templanza, de la escucha atenta y respetuosa, de la altura de miras. Pero, claro, para eso hay que valer.