La dramática y terrible foto del pequeño Aylan, varado, a merced de las olas del mar de Turquía, pagando con su vida el delito de ser sirio, ha conmocionado a la opinión pública, y no es para menos. La muerte de un niño es la peor atrocidad a la que puede enfrentarse la humanidad, pero máxime cuando esta muerte es evitable y responde a la locura de un mundo de intereses económicos, de tráfico de armas, de guerra cruenta entre ejércitos que nada tienen que ver con él, con sus 3 años, con su cuerpo bailando sin vida, al son de las olas del mar que debían haberlo visto crecer y jugar, como cualquier niño de su edad.
Y ante esto, solo cabe una reflexión tan real como clara: las armas matan; y matan independientemente de quién las subvencione. Un fusil fabricado en EE.UU., en Rusia, en China o en España mata igual que uno fabricado en Siria, pero estas casi nunca son de fabricación local. Queda patente, pues, que si hay compra de armas, hay venta. Si hay venta, hay ganancia. Si hay ganancia, hay competencia. Si hay competencia, hay intereses. Podrida serpiente que se muerde la cola, arrastrando a todo Occidente con su ordenada conciencia a recapacitar si estamos haciéndolo bien, todo lo bien que deberíamos haberlo hecho con Aylan, y los miles de niños que, como él, han encontrado la muerte en la única salvación que encontraban sus mayores: huir.
Niños, hombres, mujeres y ancianos fallecen a diario, fruto de las innumerables guerras abiertas en Oriente Medio y África. Musulmanes, cristianos, kurdos, sheitas, suníes? todos mueren por igual, bajo el yugo de una guerra en la que han nacido, en la que han aprendido a vivir, siempre con miedo a que todo se puede acabar en cualquier momento; vivir sabiendo que el sufrimiento es una forma de relacionarse, lejos de diferencias, de creencias, de ideologías o etnias. La guerra, un genocidio que vemos a diario en los medios de comunicación y al que no siempre ponemos nombre y apellido, corazón y alma, solo nos toca esos minutos que nos lleva leer o ver la noticia. Auspiciar, patrocinar, hacer negocio con todo aquello que fomente la guerra, la matanza, la aniquilación es, pues, una forma de participar en el drama indescriptible de la muerte del prójimo.
Así pues, el éxodo sirio y el problema de los refugiados palestinos, iraquíes, kurdos, libios, yemeníes y del norte de África no tiene razón de ser si las guerras, las abominables e inhumanas guerras, no estuviesen asolando sus países de origen. Sin guerra, no hay éxodo. Sin guerra, no hay genocidio. Sin guerra, no hay armas. Sin armas, no hay negocio. La solución existe, pero asumirla tiene un elevado coste económico que no todas las naciones están dispuestas a correr: reconocer los derechos de todos los pueblos a la libertad, a la democracia, al derecho natural a explotar y gestionar sus propios recursos. Porque no olvidemos, cabezas pensantes de Occidente, que nada impide que nos alcance el fuego en casa ajena. Sea como fuere, no más Aylan. Sea como fuere, vivir en paz tiene que dejar de ser un privilegio. Sea como fuere, ponerse en la piel del otro, qué ejercicio tan necesario.