De repente, en agosto, hemos descubierto a un nuevo Mariano Rajoy, más allá del plasma. La proximidad de las elecciones obra milagros. Cuatro comparecencias, repito cuatro, ¡y con preguntas!, en lo que va de mes. Durante sus vacaciones en Galicia se le ha visto practicando senderismo, dándose un chapuzón en el río, tomándose una cerveza con los paisanos, abrazando y besando a ancianos y niños o prestándose a los inevitables selfies. A veces envarado, rígido, pero siempre sonriente, solícito, efusivo, más cercano que nunca, mucho más Mariano que Rajoy Brey. Todo ello convenientemente captado por las cámaras. Ya lo dijo el defenestrado Floriano, al PP le ha faltado piel. Los gurús del partido dictaminaron que los malos resultados electorales se debieron a problemas de comunicación. Para remediarlo, Rajoy nombró a los jóvenes cachorros Casado, Levy y Maroto al frente del partido y los envió por esas calles de España a mezclarse con la gente, tomarse unas cañas en el bar de al lado y comparecer en televisión una y otra vez.
Todo lo que sea necesario para difundir la buena nueva de la recuperación. Y Rajoy ha decidido no ser menos y predicar con el ejemplo. ¿A qué obedece este súbito cambio? En el PP argumentan que el presidente ha estado estos tres años y medio tan ocupado en resolver la crisis que no ha tenido tiempo para nada más. Está por ver si esta estrategia de Moragas da réditos electorales o, al contrario, puede ser incluso contraproducente. os misterios del voto tienen algo de insondable. Pero hay que reconocer que este intento de acercar a Rajoy a la gente tras una legislatura opaca resulta chocante. Y aún quedan cuatro meses para las elecciones generales.