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Parece que los veranos son fuente de divorcios y que, para evitarlos, el Gobierno adelanta el inicio de la liga de fútbol. Y así los matrimonios vuelven cada uno a lo suyo. Pero hay que reconocer que los niños han dejado de dar la lata desde que tienen móvil y chatean con pederastas, que parece que son muy divertidos. Los señores congresistas han vuelto también con sus lapiceros afilados y los plumieres nuevos -la verdad es que nunca se ha dicho lapiceros ni plumieres, por mucho que se empeñaran los dominicos-, y se han estrenado -agradecidos y emocionados- en las pompas fúnebres de Lina Morgan. Aquí el verano se acabará cuando quiera la guapita del tiempo. Entre tanto España se prepara para un otoño muy al gusto de la frente pensante de Ortega y Gasset o de la agudeza lacónica de Manuel Azaña, que ya dejó escrito en 1934 todo lo que está pasando ahora. Yo para prepararme me he comprado el Quijote de Avellaneda, ya saben, el tomo apócrifo que se publicó como falsa continuación de la primera parte del de Cervantes. Y les tengo que contar que al pedirlo en una caseta de la feria del libro antiguo me dijo un joven y esforzado dependiente que el de esa editorial no le quedaba, que solo tenía el de Aguilar. Yo temo que con la incorporación de las mujeres a los campos de fútbol vayan dejando la lectura como hace ya mucho hicieron sus maridos, lo cual es malo para su vida sexual; pero, en fin, allá ellas. Porque ni el fútbol, ni la lectura, ni el sexo son para tanto. Ni siquiera Cataluña es para tanto.

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