Cuarenta millones de infieles tragan a estas horas saliva para conjurar la ansiedad de saberse pillados. Todos recurrieron a la empresa Ashley Madison, un sitio web que desde 1995 organiza coartadas para quien desee disimular lances extramaritales. En julio, piratas informáticos desenmascararon este ejército internacional de adúlteros y ventilaron cientos de miles de escarceos, una monumental catarata de datos que, más allá de la desdicha individual que hoy afrontarán tantísimos cornudos, constituye una fuente de información sobre la sexualidad humana solo comparable al mítico informe Kinsey.
Ashley Madison apareció hace veinte años con la inteligente vocación de facilitar las cosas a las entrepiernas más intrépidas. No solo querían pescar en un mercado estable; intentaron, de hecho, menear a los infieles menos convencidos con aquel punzante «la vida es corta, ten una aventura». El ataque pirata ha vuelto a demostrar que los asuntos de alcoba mueven el mundo con el mismo tesón que la industria armamentística. En el listado que estos días escrutamos con la relajación de un voyeur al que han dado permiso para mirar, hay nombres y direcciones de militares, altos funcionarios de grandes países, religiosos que han prometido ser célibes y varios guardianes de la moral pública de los que queman adúlteros por las mañanas y practican el BDSM con cuatreros cuando cae el sol. Se ha creado incluso un mapa con el número de infieles de cada ciudad, lo que ya ha desatado una competición en la que están sacando pecho los lugares con más pendones y en la sección femenina se escrutan aquellos sitios en los que las aventureras eran sobre todo ellas. Algunos pensarán que era mejor cuando la coartada te la facilitaba el compañero de departamento.