Esperpentos


En Dinamarca el desierto es verde, plano. También el mar es plano, como una inmensa palangana de plomo que no se mueve, ni tiene olas. Es un mar quieto, dormido, no como el de Fisterra, que se lanza a los acantilados con el avieso propósito de tragárselos. Viajar en autobús de Copenhague a Aarhus es como ir en un velatorio. Lo único que se oye es el ruido del motor. Ni siquiera una joven pareja de enamorados hace ruido con sus juegos. Es tal el silencio que da la sensación que hasta te juzgan la mirada. Será por eso que está considerado como uno de los países menos corruptos del mundo. Y será también por lo que por aquí somos tan ruidosos, tal vez para ahogar en barullo nuestros esperpentos, ese género creado por el inmortal Valle Inclán. Su Max Estrella también fue a ver al ministro Paco: «¡Vengo a pedir castigo para esa turba miserable!». Así demanda el ciego de Luces de Bohemia ayuda a su «amigo de tiempos heroicos».

Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Mientras uno se entretiene con la fanfarria, el sufrimiento se distrae. La gente no sabe si estar más preocupada por la debilidad defensiva del Barça o por el tanto que Ramos acaba de enchufarle a Florentino por 10 millones de euros, mientras en los bancos de alimentos no dan a manos para hacer frente a las necesidades. En verano, la gente come igual que en invierno, pero los donantes se van a ver el Combo, mientras los gestores públicos también entran en su merecido período de relajo. Claro que, al tiempo, los ganaderos se deprimen por su insultante situación. Y no les dan soluciones. Se sabe que no se puede comprar el viento ni el sol, ni hay dificultades eternas. El día que no haya granjas, se acabará el problema.

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