Sostiene el ministro que no hay que despreciar la carga violenta de los cuatrocientos tuits que recibió Rodrigo Rato y que le abrieron al exbanquero la puerta de uno de los grandes despachos de España. Lejos de considerarla un subterfugio, la explicación parlamentaria de Fernández es una confesión de clase.
Compareció rezongón y contrariado, con ese mohín mortificado de quien concede una aclaración obligado por el jefe. Fernández se pasea por la política con el desdén del mayoral de un cortijo y se le notaba jorobado por tener que detallar las conjeturas de un tálamo ministerial que él parece confundir con el de un abogado defensor.
Pero lo más suculento de su explicación obligada fue esa indignación natural ante el acoso digital que estaba sufriendo uno de los suyos.
Es fácil imaginarlos en la intimidad recia de un lugar como ese, verlos perplejos ante una catarata de improperios que ellos consideran intolerables aunque deberían saber que forma parte de la esencia de Twitter, en donde los linchamientos digitales están a la orden del día sin que las víctimas hagan cola ante el señor ministro como si el gobierno fuera una charcutería que dispensara chóped.
Enternece la empatía de Fernández con las cuitas de Rato, si no fuera porque tiende el hombre a ser frío como el acero con dramas mucho más salvajes y mucho menos merecidos.
Esta famosa reunión de agosto fue la de un emperador en horas bajas, embargado por el miedo a convertirse en un hombre común sin privilegios, que recurre a su amigo el ministro en un requiebro desesperado que por un instante le permite seguir pensando que es el que manda.