Acostumbrados como estamos a los adelantos de temporada, cuyo paradigma virtuoso lo constituye la Navidad adelantada de unos grandes almacenes, nada nos sorprende del apresuramiento de Rajoy al presentar los presupuestos del 2016 sin haber realizado los rituales de agosto: los paseos por las sendas del agua del Umia, el este año impreciso comienzo del curso popular en el castillo de Soutomaior, e incluso la visita a Marivent para despachar con el rey.
Que los grandes almacenes adelanten al tiempo de la fiesta de Todos los Santos su Navidad se debe a su interés por darnos ilusión y ayudarnos a sobrellevar el mes más cativo del año. Que el Gobierno popular nos adelante en texto presupuestario las buenas cosas que nos promete para el futuro pretende dar verosimilitud a sus promesas electorales. Y con ello paliar los efectos devastadores que en el ánimo de los ciudadanos tuvo la impopular política, con incumplimiento de todas las promesas, desarrollada en estos cuatro años. Por más que el presupuesto anunciado tenga minas de difícil desactivación como el déficit impuesto a las autonomías, siete veces mayor que el que reserva para sí el Gobierno popular. Sucede que es la comunidad autónoma la que soporta el gasto social (sanidad, educación y dependencia).
Este adelanto imaginario también es para darse ánimos y mantener la ficción de un poder prolongado más allá de la legislatura. Lo que no siempre es verdad. En un pispás la ley de la TVE de Zapatero voló en un decreto ley convalidado, por no hablar de esa penetración gubernamental -lenta y juiciosa- en el poder judicial, o los usos atrabiliarios de la Agencia Tributaria. Tres instituciones y poderes del estado querenciados por los políticos, en ese juego propio de donde las dan las toman.
Los populares, para darse ánimos, acudieron a predicar la reforma electoral municipal incluso en solitario amago en las Cortes generales. Delirios de la absoluta, sin dar por oído el aviso de los resultados alcanzados en Castilla-La Mancha con la nueva ley electoral aprobada por la ensoberbecida mayoría absoluta de Dolores de Cospedal, como sí hicieron a tiempo en Galicia abortando in extremis otra tentativa de cambio electoral en soledad.
Y siendo partidario de elecciones municipales con segunda vuelta para las alcaldías, y de que mi voto no valga menos que el de un ciudadano de Ourense o más que uno de Madrid, he disfrutado y me ha confortado el análisis inteligente, democrático y divertido de Pedro Puy -Unhas veces se gaña, outras se perde-, un político en ejercicio, publicado en La Voz de Galicia. Porque también sostengo que las normas y las instituciones, siempre y cuando nos garanticen que unas veces se gane y otras se pierda, como en la vida, no conviene cambiarlas salvo que exista un consenso amplio. Sin mañas para mantener la absoluta. Por abandonar el nefasto juego de donde las dan las toman. Sin irnos a la OCDE.