Lúgubres cavernas


El Chapo se la jugó a su Gobierno. El peligroso narco huyó por un pasadizo horadado en las mismas entrañas del Estado. Es el típico agujero para el que se necesitan grandes medios, muchos cómplices y costosas herramientas forjadas a base de corrupción. Ese fenómeno tan conocido a lo largo de los siglos que consiste en cegar a quien debe ver y ensordecer a quien debe oír. El delincuente más buscado de México se estará ahora riendo a mandíbula batiente en su lujosa guarida mientras el prestigio de las instituciones públicas de su país cotiza a la baja en la bolsa de la dignidad.

Por acá tampoco andamos faltos de túneles, aunque el refinado sistema social que hemos armado los convierta en invisibles. No es necesario excavarlos a pico y pala, ni siquiera con gigantescas tuneladoras, como las del AVE. Son esas inmensas oquedades que no se ven ni se tocan, pero que permiten desviar grandes corrientes de dinero hacia cuentas en Suiza o paraísos fiscales, mientras las reservas del país se quedan sin plasma y agónicas.

Lo de los túneles no nos viene de hoy. Luxemburgo, ese envidiado enclave europeo por su riqueza, tiene en realidad pies de barro. Los ingenieros españoles construyeron en 1674 una larga red de túneles secretos para defender la ciudad. Son las Casamatas del Pétrusse, que durante siglos cumplieron una importante función estratégica. Con el escarmiento de la Gran Guerra y la corriente antibelicista que generó intentaron demoler los pasadizos, pero se les venía abajo la urbe y pararon. Ahora son su atractivo turístico. Fascinante, pero mejor la luz del Sol y la claridad de la vida que las lúgubres cavernas y todas las ventajas de su penumbra.

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