Ourense

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

26 jul 2015 . Actualizado a las 04:00 h.

Ourense es un sitio difícil de entender. Esto se descubre desde fuera, cuando se aprecia que en realidad el resto de Galicia la considera una hermana adoptada a la que se estima pero que carece del gesto sutil de los que conforman una estirpe. Por encima de cualquier identificación nacional, a Ourense le falta el mar y eso es un déficit existencial en un país que el Atlántico penetra con el ímpetu apaciguado de un amor invernal. Frente a los recovecos extraordinarios de las rías, Ourense aporta a la identidad común un río mitológico que apenas es un nombre en cuanto se deja atrás Ribadavia hacia el mar. Pero es que además, el tópico patrón térmico gallego por el que estos días suspiran al sur de Ponferrada enloquece en una ciudad, la de As Burgas, que más que a Ribadeo tiende a Écija, en donde un día del año 2000, en la chicharra atosigante del mediodía, el termómetro escaló a los 52 grados, esa temperatura que empuja a los humanos a aullar como hienas y a los perros a arrastrarse como cobras.

Luego está el asunto de los crustáceos que engendra el mar gallego y que el planeta celebra con el asombro que acompaña a los milagros; frente a una centolla, Ourense presenta anguilas humildes que brotan del fango fluvial, demasiado inquietantes para proyectar el deseo primitivo de un buen bruño.

Ourense es el sitio distinto de un país distinto y de ahí ese paso cambiado con el que a veces avanzamos. En ocasiones, desde fuera, se nos estima tirando a silvestres como si este fuera un territorio con cuentas pendientes en donde los caciques conservan el derecho de pernada. El último lío entre un Baltar y un Vázquez mantendrá nuestro exotismo con el lustre que precisa.