La antepenúltima vez que vimos juntos al rey Felipe VI y a Artur Mas fue en una factoría de automóviles. La imagen, recordada ayer, no tiene nada que ver con la de la pitada del Camp Nou, ni con la de ayer en el palacio de la Zarzuela. En la fábrica de automóviles, el rey conducía un coche y ambos reían abiertamente. Había química entre los dos. En el Camp Nou, el rey era todo solemnidad y Mas contenía una sonrisa que anticipaba tormenta. Ayer, en la Zarzuela, su majestad se esforzó en que se notara su frialdad: no era una reunión agradable. Ante él no estaba ni un amigo del que podía fiarse, ni un representante leal del Estado en Cataluña. Las últimas acciones del visitante no habían sido las propias de un colaborador, sino todo lo contrario: habían sido las de un sedicioso que maquina con otros romper el Estado que legalmente representa. En esas condiciones, ni el mejor actor de cine o teatro hubiera podido aparentar alegría por el encuentro.
No hubo declaraciones, porque las audiencias con el jefe del Estado no se comentan. Como todo testimonio nos queda un polivalente «vengo en son de paz» del presidente catalán. ¿Qué se habrán dicho en su larga conversación? No es difícil imaginarlo, pero es arriesgado. Mas no habrá tenido otro remedio que explicar sus acuerdos con Junqueras y su plan para llegar a la independencia. Y el rey no creo que se haya limitado a escuchar. Tampoco creo que se haya ofrecido a mediar con el Gobierno de Rajoy para resolver un conflicto que, desde Cataluña, se presenta como inevitable e imparable. El rey habrá pedido detalles, ampliación de la información y habrá tratado de penetrar en la mente de personaje tan complejo. Y no mucho más porque Felipe VI es muy consciente de su papel constitucional: templa y modera, pero para templar y moderar hace falta una actitud receptiva del interlocutor. Y no está clara en el caso de Mas.
Lo que el presidente de Cataluña no puede buscar en el monarca es que le ayude a enfilar la senda separatista con esa voluntad de cordialidad y futuro de magníficas relaciones que los separatistas siempre invocan. «Queremos lo mejor para España», decía ayer Oriol Junqueras al mismo tiempo que veía a la nación española y a la Corona como algo ajeno, «como Suecia o Noruega». Y en ese punto hay que volver a la Constitución, que define al rey como «el jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia». Ese es el clarísimo mandato constitucional. Por limitación de los legisladores, no está autorizado ni a hacerle al señor Mas la promesa habitual de «hacer lo que pueda». Está obligado literalmente a garantizar la unidad y la permanencia del Estado. Y esa será siempre su postura y la justificación de la Monarquía.