El vino y la sal

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

12 jul 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Qué sería de nosotros sin un punto de sal en las comidas y un trago de vino. Lo saben bien quienes por culpa de los estragos de la salud se han quedado sin sal y sin vino. No sé si abusar de la sal y del vino te hace más o menos fofisano, pero es una delicia. Ya que seguimos en el año de Filgueira Valverde, polémicas a un lado, nada como el polígrafo de Pontevedra para recordar la importancia en Galicia del vino y de la sal. Así es que los concellos se esforzaban en controlar las cosechas de vino. Ya en el Códice Calixtino se lee que el precioso vino entraba en Santiago por la «porta de Mazarelos». Y es célebre que Cunqueiro dejó bien escrito que las cuncas de la rúa do Franco sabían mucho mejor cuando sonaban las campanas de la Berenguela. Esta campana estuvo rota y muda un tiempo, hasta que fue repuesta. Tanto controlaban los concellos el vino que solo dejaban que cada vendedor tuviese abiertas dos pipas, una de vino blanco y otra de tinto, aunque permitían que naciese cualquier taberna con tal de que se colocase en la puerta un loureiro, como ya se hacía en tiempo de Roma. Si el vino en su justa medida da alegría a la mente y al corazón, la sal lo hace con la comida. Hubo salinas en Galicia, aunque se importaba mucha sal de Portugal. Y dice Filgueira que hasta la comarca do Salnés (o Saliniense) podría derivar del nombre de ese oro blanco. Estaríamos entonces ante la comarca más salada. Así es que salado es positivo, metáfora de gracia, de risa, de agudeza. Y recuerda Filgueira que la sal es algo tan positivo que a alguien negativo se le define como «un pan sen sal» o «un caldiño sen sal». La vida sabe más y mejor con los colores del vino y la sal.