El castigo nos cuesta más que el perdón


La mitad de la estrategia saltó por los aires el domingo: la troika no consiguió tumbar a Tsipras. Al contrario, el enemigo salió reforzado. Queda por dilucidar la segunda parte del combate, pero esta conlleva una contraindicación colosal: tumbar en la lona al pueblo griego, ya que no a su primer ministro, tiene para todos -y, en especial, para los países más débiles de la cadena- un coste mayor que el de ayudarle. Esperemos, por tanto, que se imponga la cordura. ¿Pero cómo hemos llegado a esto? El problema comenzó cuando los griegos, al borde de la asfixia, gritaron «¡basta!» y encargaron a Syriza la ardua misión de aflojar el lazo corredizo. Y ni Berlín, ni la troika, ni los socios -cada uno en base a sus intereses específicos- estaban dispuestos a permitirlo. Su negativa a proporcionar oxígeno a Grecia obedecía a tres razones: supondría reconocer el fracaso de la austeridad compulsiva y sus efectos devastadores en la nación helena, sentaría un peligroso precedente en países aplastados por una montaña de deuda -Portugal, España, Italia...- y alentaría los movimientos «populistas» en la eurozona. De ahí la dureza empleada. No se podía consentir que Tsipras alardease de lograr un ápice más que los dóciles Papandreu o Samarás. O agachaba la cabeza y entraba por el aro o las siete plagas bíblicas, empezando por la sequía dictada por el BCE, caerían sobre el Partenón.

Lo que nadie esperaba era que el tigre, cuando ya parecía domesticado, soltara un zarpazo en forma de referendo. Berlín y la troika, poco después del estupor inicial, vieron en la decisión una oportunidad de oro. Tsipras había cavado ingenuamente su propia tumba. Y comenzaron los preparativos del funeral. Solo faltaba que los griegos, estrujados en un corralito, aterrorizados al vislumbrar el infierno y vertiendo lágrimas de impotencia, apoyasen el mal menor y pronunciasen el sí quiero. Un manifestante de la plaza Syntagma explicó el dramático dilema: la troika nos pide que nos tiremos desde el primer piso y Tsipras, que nos arrojemos desde la azotea. Abocados a esa terrible disyuntiva, los griegos asumieron el riesgo mayor: se encaramaron a la cima del edificio, superaron el vértigo y optaron por lanzarse desde la azotea al vacío.

El arriesgado salto no garantiza que Grecia salga ilesa, pero sí ha producido un cambio de interlocutores. Y no me refiero al dimitido Varufakis, sino al mismísimo Alexis Tsipras: a partir de ahora su puesto lo ocupa directamente, sin intermediarios, el pueblo griego. Y alguien -Merkel, Lagarde, Draghi o quienquiera que mande en esta Europa nuestra- tendrá que explicarle a ese pueblo el porqué del maltrato. Y alguien, aún suponiendo que Grecia merezca expiar sus pecados, por los desmanes de sus gobernantes o por el endeudamiento acumulado, porque vive de la sopa boba o por razones genéticas, también debería explicarnos a los demás por qué se prefiere el castigo -el Grexit- al perdón -de la deuda-, si aquel resulta mucho más caro que este.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
74 votos

El castigo nos cuesta más que el perdón