Atenienses

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

Bajo la venda de los números está la factura, la carne lastimada de Atenas. La desempleada que a sus cincuenta y muchos ha vuelto a la casa de sus padres. El doctor que se siente culpable cuando un repartidor pasea una pizza por delante de las puertas de los vecinos de su edificio. El hombre de sesenta años que arroja a su madre de ochenta por un balcón y luego se suicida. El escritor exhausto que no quiere escribir más novelas sobre la crisis. El fango y la hierba en las instalaciones olímpicas. La señora que se siente amenazada mientras apura su café en una de esas terrazas en las que florecen perlas sin cultivar y relojes en los que la hora es lo de menos. El trabajador de la pequeña tienda que va tirando porque se encomienda ciegamente a los turistas. El vigilante de seguridad de la joyería de lujo que nunca podrá pagarse uno de los diamantes que custodia y que espera que no se enciendan nuevas iras.

Pero de todas las historias, pocas condensan el drama como la del Banco Marfin. El 5 de mayo del 2010, durante la enésima ola de protestas contra los recortes, tres encapuchados lanzaron artefactos incendiarios caseros al interior de la sucursal de la calle Stadiou y la convirtieron en un infierno de humo tóxico. Murieron tres empleados. Entre ellos, Angueliki, una mujer embarazada. Antes de que los cócteles molotov rompieran los cristales del banco, los trabajadores, asustados por lo que veían fuera, habían solicitado a sus jefes abandonar el edificio. No se lo permitieron. Después llegaron el luto, las críticas y un proceso judicial. Pero ninguna factura mayor que la de ciertas vidas. A pesar de la venda de los números. Las trompetas del apocalipsis suenan demasiado tarde para muchos atenienses.