El mayor peligro de Occidente

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

27 jun 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Una demostración de fuerza y de capacidad de llevar el terror a cualquier lugar del mundo. Así debe calificarse la exhibición sanguinaria que ayer hizo el llamado Estado Islámico. El conjunto de atentados cometidos en Túnez, Kuwait y Francia confirma lo que vienen advirtiendo los responsables de los servicios estatales de inteligencia: el yihadismo es el mayor peligro inmediato al que se enfrenta todo el mundo, el islámico, el occidental, Europa y, desde luego, España. Sus comandos, sus células nacionales y sus lobos solitarios pueden atacar en cualquier lugar, no conocen fronteras, luchan por el califato universal y tienen el empuje del fanatismo religioso. Cada día matan en algún lugar de religión musulmana, como consecuencia de su guerra civil entre suníes y chiíes. Nos impactan, como es natural, las matanzas en nuestro entorno geográfico. Y van muchas. Después de un año de la creación del Estado Islámico, cumplido el pasado domingo, ninguna organización criminal consiguió derramar tanta sangre y en tantos lugares. Estamos ante la más completa, la auténtica multinacional del terror.

Lo más alarmante para nosotros es que nuestro país figura entre sus objetivos y que cada vez actúan más cerca. Los atentados del 11-M en Madrid sirvieron para detectar y prevenir su amenaza, pero atacaron intereses españoles en África y ayer lo volvieron a hacer en un hotel de la cadena Riu en la ciudad tunecina de Susa. Y atacaron otra vez en Francia y dejaron la terrible firma de un hombre decapitado, para que no haya dudas de su cruel autoría.

Déjenme decir que Francia está siendo la capital europea del yihadismo. Francia tiene 800 ciudadanos haciendo la yihad, frente a España, que tiene poco más de un centenar. Y Francia sufre el impacto de su terror porque acogió a millones de musulmanes inmigrantes. La primera generación buscó hacerse un lugar en la vida francesa. La segunda y la tercera, los hijos y nietos, son las generaciones del desapego y de la protesta, agravados por la crisis económica. Se educaron en las escuelas francesas pero nunca abandonaron su religión. Y en su práctica religiosa tropezaron con imanes que les prometieron las huríes del paraíso si mataban por la causa del califato de Alá.