Esta crónica podría escribirse exactamente al revés, convirtiendo en héroes a los villanos y a los villanos en héroes. Pero yo se la voy a contar como creo que va a pasar a la historia. Porque, para simular la victoria electoral que no obtuvo, y para convertirse en estrella fulgurante del cambalachero poder al que aspira Pedro Sánchez, a Gómez Besteiro no se le ocurrió mejor idea que montar una quimera de poder sobre pactos incongruentes y sobre los colaboradores que iba decapitando a demanda de mareas y emergentes. Y así hubiese seguido, impasible el ademán, si Manuel Martínez no hubiese cortado esta locura con su ya célebre frase: «A mí no me van a hacer un Orozco».
La cabeza de Orozco, en efecto, se le había entregado en bandeja de plata a los que bailaron la danza del vientre que le birló la alcaldía de Lugo al PP. Y quien ahora convierte en motivo de escándalo la liquidación de Orozco es el alcalde de Becerreá, que, en un arranque de dignidad admirable, se negó a ser el chivo expiatorio que las mareas y minoritarios quieren achicharrar en sus hogueras inquisitoriales, para reimplantar en España el viejo blasón de la pureza de sangre. Y para que la orgía de Besteiro no siguiese, Manuel Martínez sacrificó su carrera política, y asumió los previsibles calificativos de traidor y sinvergüenza, para recordarle a su maltrecho partido que «vale más honra sin barcos que barcos sin honra».
«¡Hasta aquí hemos llegado!», debió de decir Martínez, contra cuya arriscada imputación escribí hace tiempo sin conocerle de nada. Y en solo cinco minutos puso al descubierto toda la miseria. El genio de la lámpara, que iba a dominar el poder local gallego, quedó en ridículo y perdió su propia diputación. Muchos gallegos se enteraron ayer de que, si exceptuamos a Caballero, el reciente éxito del PSOE ya está apolillado. La deslealtad interna que carcome al PSOE ya no conoce los límites de la dignidad. Algunas posiciones institucionales adquiridas, como la alcaldía de Lugo, son verdaderos campos minados. Y también quedó claro que la provincia de Lugo, que quiso ser símbolo exitoso del globo aerostático socialista, acaba de convertirse en una trágica profecía de lo que nos va a costar el plato de lentejas que Pedro Sánchez quiere comer en la Moncloa cocinado por Ciudadanos, Podemos, las mareas, los compromises, las Colaus, los nacionalistas y el residuo de IU.
Por eso estoy seguro de que el retrato de Manuel Martínez, denostado hoy por todos los que militan en la ética formalista, estará en Ferraz, dentro de cinco años, al lado del de Besteiro. Pero no de este breve José Ramón que quiso ser senador como el caballo de Calígula, sino de aquel histórico Julián que presidió las Cortes de 1931. Porque la política -«O Fortuna / velut luna, / statu variabilis»- da vueltas como las norias.