Es imposible dosificar el odio. Medirlo con precisión de laboratorio. E inocular una dosis que infecte el organismo pero sin llegar a sufrir amputaciones. Es como pasear por la playa un día de temporal con la intención de mojarse solo los pies.
El Consejo de Ciudadanos Conservadores condenó «de forma inequívoca las acciones criminales de Dylann Roof», la matanza de la iglesia de Charleston. Esta organización se lava las manos pero no baja la cabeza. Defiende que los negros son una raza inferior, difunde supuestos informes sobre sus crímenes sobre las blancos y exige la segregación en los colegios. Rechace públicamente los asesinatos cometidos por Roof, pero da legitimidad a los principios compartidos con el joven que mató a tiros a nueve feligreses negros. Como si afirmar que hay seres humanos de segunda categoría no supusiera dar menos valor a sus vidas. Esa ha sido la harina con la que se han amasado las grandes masacres. En la Alemania nazi, Yugoslavia, Ruanda o Siria. Antes que el machete, el gatillo, la cámara de gas y el cuchillo fueron las palabras, las de los apóstoles de la inquina y el desprecio.
¿Es tolerable una pizca de racismo? ¿Un pellizco de homofobia? ¿Unas gotas de violencia machista? Hay cinismo suficiente para digerirlo todo. Hasta que alguien decide pasar a la acción. Del dicho al hecho. Entonces se señalará al lobo solitario mientras las hienas se repliegan. Algunos dirán que todavía no entienden cómo ese chaval con pistola que leía manifiestos supremacistas y que lucía banderas confederadas se les fue de las manos. ¿Quién lo iba a decir? Solo era un poquito de odio.