Hoy hay entrenadores personales. Hay también entrenadores emocionales. Y lo que haga falta. Escucho en una cafetería cómo una mujer le explica a una amiga: «Estoy harta. No sé decir que no. Siempre termino haciendo todo lo que no quiero». La amiga, muy sabia, le dice que hay hasta entrenamientos para decir que no. En efecto, están de moda los coaches emocionales que nos enseñan que diciendo siempre que sí solo nos perjudicamos. Casi nada hace tanto daño. Sucede, según explican los profesionales, que muchas veces, desde pequeños, nos maleducan en el sí. Está bien aprender a ser responsables y a hacer las tareas, pero no todo es un sí, detallan los expertos. Cuando niños, con toda la buena voluntad del mundo, nos enseñan a que un sí es siempre mejor que un no. Hasta vinculan el sí a situaciones buenas, a la solidaridad, a la amistad. Pero demasiados síes envenenan las relaciones, sobre todo cuando hay vampiros emocionales cerca. Esas personas tóxicas que son expertas en sacarnos hasta el último céntimo en síes. Los entrenadores emocionales, los psicólogos y los psiquiatras lo que dicen es que soltar un no es necesario. Nadie te puede obligar a lo que no quieres ni debes hacer. Atreverse con el no te hacer crecer como persona. Aumenta la autoestima. Empiezas a valorar el tiempo más importante, que es siempre el tuyo. A gastar tu tiempo en lo que tú quieres y en lo que tú decides. No existe una división entre que decir sí es positivo y decir no es negativo. Ese reparto es falso. Muchas veces decir no, bien alto y claro, es muy positivo. Muy necesario. Un amigo repite a menudo que los años traen de la mano a un buen consejero, ese que te lleva a decir no cuando de verdad no quieres hacer algo. «A partir de los cuarenta empiezas a decir no con soltura», comenta. La soltura de vivir tu vida, no la de los demás.