Por qué se odia al PP

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

16 jun 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Ya está. El Partido Popular ha sido enviado a casa en todos los lugares donde había sido el más votado, pero no tenía a Ciudadanos para sostenerlo. El caso más hiriente quizá sea el de Vitoria, como demostró su antiguo alcalde y hoy ministro Alfonso Alonso, que se puso ante los micrófonos más irritado que si le acabaran de robar la cartera. En general, todo el partido, empezando por Rajoy, mostró una absoluta indignación y mezcló el lamento por las nuevas mayorías con la previsión de incalculables daños para el país. La referencia al giro radical es, además, una constante en los periódicos conservadores y más próximos al Gobierno actual.

Se entiende. No es fácil digerir esa pérdida de poder territorial después de tanto dominio y después de haber cerrado la jornada electoral del 24 de mayo con el cántico victorioso de ser el partido más votado. El argumento final es que los firmantes de los nuevos pactos tenían como único programa el desalojo del PP, y fue verdad: lo dijeron sin tapujos desde Pedro Sánchez hasta los dirigentes locales de izquierda. Ellos son la izquierda, y el objetivo de la izquierda es impedir gobiernos de derechas. Sin embargo, en estos momentos de preparación de cambios, quizá el PP debería hacerse una pregunta para lograr un diagnóstico más serio que la expresión exaltada de sus indignaciones: al margen de las razones ideológicas, ¿por qué desde otros partidos se le odia tanto? A lo peor no es solo por ideología. Creo que no es solo por ideología.

Si a alguien le parece poco ajustada la palabra «odio», pongo en su lugar «rechazo». El Partido Popular produce tanto rechazo en los demás partidos, en primer lugar, porque tiene demasiado poder y lo ejerció durante toda la legislatura. Hizo uso descarado de sus mayorías absolutas, como si fuese el depositario de la verdad política. Cuando habló con la oposición en busca de acuerdo, solo lo encontró en el pacto antiterrorista con Pedro Sánchez. Impuso leyes de difícil digestión para los progresistas como la de seguridad ciudadana, que terminó por ser conocida como «ley mordaza».

En cuanto a las formas, los portavoces del PP hizo hicieron intervenciones públicas hirientes hacia los demás. Desprendieron aroma de prepotencia. Se pasaron en atribuir los males de este país a la gestión de las izquierdas. E hicieron unos discursos tan autosuficientes sobre su propia gestión y sus logros, que llevaron a los demás líderes y partidos a sentirse humillados y con ansias de venganza. Y eso es, en el fondo, lo que acaba de ocurrir en los ayuntamientos y lo que ocurrirá en las comunidades autónomas: la historia de una venganza de unos políticos que estaban esperando la oportunidad de devolver la humillación.