Para combatir la pedantería, cuando a uno le preguntan cuáles son sus grandes referencias intelectuales, lo mejor es contestar a lo bestia, qué sé yo, Hora de aventuras y los chistes de Eugenio, y el preguntón, espantado su afán plomizo, ya cambia en seguida de tema y se deja llevar por el ocio, que no es la madre de todos los vicios, sino de todas las artes.
Pero, aunque no haya ningún pelma sabiondo en varias leguas a la redonda, lo cierto es que a Eugenio hay que reivindicarlo a todas horas, con su camisa negra abierta hasta el ombligo peludo, su medalla de oro, sus gafas oscuras, su pitillo humeante en una mano y el vaso de whisky tintineante en la otra.
Cuando hace unos días Mariano Rajoy aterrizó en Sitges -sí, la misma ciudad playera donde se celebra un festival de cine fantástico y de terror- para hablar ante los sesudos especialistas del Círculo de Economía, el presidente de la venerable institución catalana, el catedrático gallego Antón Costas, echó mano de uno de los clásicos de Eugenio para tratar de explicar a Rajoy cómo se siente el español medio tras haberle pasado por encima esta legislatura terminal.
Como recordó Costas, pidiendo disculpas por no poder ni siquiera imitar el tono y el gesto adusto de Eugenio, la historia va de un buen hombre que sale de excursión y en un momento dado -en los chistes de Eugenio siempre hay un momento dado que lo decide todo- se cae por un precipicio. Milagrosamente, logra agarrarse en el último instante a una rama y se queda pataleando sobre el abismo. Angustiado, el excursionista pide auxilio:
-¿Hay alguien?
Después de unos segundos, se abre un hueco en las nubes y brota un halo de luz mientras se oye una voz poderosa, tonante:
-Hijo mío, soy el Creador. No tienes de qué preocuparte. Déjate caer sin más y mis ángeles, serafines y querubines te recogerán en el aire antes de que llegues al suelo.
El accidentado, con los ojos desorbitados, titubea durante unos segundos y replica fulminante:
-Vale, ¿pero hay alguien más?
Eugenio era un visionario con gafas de sol y por eso se anticipó a todos, descoyuntando la lógica con la misma destreza con la que apuraba su cigarro hasta el mismísimo filtro. Porque cuando llegan ahora los contables del Banco de España y el FMI y plantan sus espuelas y sus sobadas recetas sobre la mesita del salón, ya solo nos queda gritar:
-Vale, ¿pero hay alguien más?
Lo malo es que solo nos contestan el eco y Juan Ramón Bonet, que dispara agazapado desde Twitter:
-Que dicen los del FMI que el algodón no se recoge solo.