Una etapa nueva y última

OPINIÓN

01 jun 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Las recientes elecciones marcan el inicio de una etapa nueva. Se han realizado como unas elecciones generales con la consecuencia de una inevitable extrapolación. Según el mapa vislumbrado, el PP quedaría lejos de la mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados y tampoco la tendría en Galicia. Seguiría siendo el partido más votado, pero no dependería de sí mismo, sino de lo que hicieren los demás, dicho sea en términos futbolísticos. No ha de descartarse la posibilidad de que el candidato del PP no logre ser investido en la segunda votación al no obtener mayoría simple. Aunque no se han concretado las alianzas para gobernar en comunidades y ayuntamientos y diputaciones el planteamiento prácticamente general «de todos contra el PP» proporciona alguna verosimilitud a que las auténticas elecciones generales se planteen con una radical bipolaridad que ni el recuerdo de la historia, ni el consenso constituyente respaldan. No es una etapa cualquiera la que acaba de iniciarse.

El PP ha sufrido un descalabro, debido más a la falta de respaldo de sus anteriores votantes que al trasiego de estos a otras formaciones. Indagar en el porqué es algo más que una retórica necesidad de autocrítica, hacer cambios en la organización del partido o corregir defectos de comunicación. Empieza por reconocer que, realmente, han sido perdedores. Rajoy ha de asumirlo por su implicación y el mensaje transmitido; lo mismo que Feijoo en Galicia; mal comienzo es eludir la responsabilidad en la derrota sufrida en Vigo, la más sonora. Las elecciones han revelado que el descontento, por no decirlo de un modo castizo, era más profundo de lo previsto. A pesar de la mejoría de las cifras macroeconómicas producidas por la cirugía, el paciente no está completamente curado y sufre a diario la enfermedad, una dolorosa convalecencia, la incertidumbre del futuro. Cuenta el cuerpo, no solo la pericia del cirujano. El rescate por la crisis financiera heredada será pagado por los ciudadanos. Se ha manifestado excesiva seguridad en que lo hecho era la única alternativa, merecedora de aprecio. El PP se ha mostrado como prepotente -antipático, se ha dicho en sus filas- para sectores de la sociedad. Más aún cuando alguna parte de su reforma laboral se anula, cuando rectifica, sin reconocerlo, las tasas judiciales o cuando incumple puntos fundamentales de su programa político que no tienen que ver con la economía. Sus convicciones han quedado a la intemperie. No ha sostenido con elegancia democrática en Andalucía el razonable principio de que gobierne quien haya obtenido la mayoría, que ahora no puede reclamar.

De los errores asumidos por Rajoy quizá no estén eximidos sus colaboradores. No es solo él quien debe mirarse en el espejo. Esta es la hora de la verdad para comprobar la capacidad de liderazgo que se cuestiona, aunque en el PP no existe alternativa real. Hay que comprender las voces y silencios de estas elecciones. Las próximas serán definitivas.