Con la única excepción de las elecciones del País Vasco y Cataluña, en todas las celebradas en España desde 1977 hasta las andaluzas de hace un mes se decidía una cuestión fundamental: si ganaba la izquierda o la derecha. La excepción vasca y catalana venía dada por el hecho de que a esa incógnita se añadía la de la correlación entre partidos nacionalistas y no nacionalistas, correlación, en ocasiones, políticamente más relevante que la otra.
Es verdad, claro, que, las generales se han diferenciado, a su vez, de las municipales y autonómicas: mientras en las primeras el ganador siempre había gobernado, en las otras, la victoria electoral no garantizaba hacerse con el poder, pues los pactos postelectorales podían dar lugar a coaliciones en las que los perdedores, sumando fuerzas, acababan por llevarse el cargo al agua.
Pues bien, en el contexto político marcado por este panorama, las elecciones de ayer eran las primeras en las que debían despejarse dos cuestiones diferentes: si el PP le ganaba al PSOE o viceversa; y si las fuerzas emergentes (Ciudadanos y Podemos y sus plataformas ciudadanas) avanzaban lo suficiente como para poner en riesgo la histórica hegemonía de los grandes partidos nacionales (PP y PSOE) y regionales (CiU y PNV). ¿Qué ha pasado?
La respuesta no es difícil: que ayer vivimos en España un auténtico ciclón, que se lleva por delante la competencia entre el PSOE y el PP, arrasada por la fuerza con la que han entrado en las urnas y como consecuencia en las instituciones, las candidaturas de los partidos emergentes.
El PP sufre un batacazo formidable, tanto si se mide el número de votos que ha perdido como, aún más, si se constata el número de instituciones (ayuntamientos y comunidades) en las que va a dejar de gobernar. Pero ese batacazo, y aquí reside, sin duda, la sobresaliente novedad del 24-M, no beneficia mecánicamente al PSOE, que también pierde votos y que solo se hará con algunas instituciones a cambio de pactos que diluirán su identidad y su mensaje. Por si todo ello fuera poco, el PSOE se verá en la endiablada posición de poner otras instituciones en manos de quienes les han hecho sufrir ayer una derrota indiscutible. Para el BNG la situación no será mejor, sino peor: un gran fiasco electoral y la tesitura de votar a quienes han dejado al nacionalismo gallego hecho unos zorros.
Esta es, dicho con la concisión y urgencia que impone la noche electoral, la anatomía de unos comicios que marcan un punto de inflexión en nuestra historia. A partir de mañana tocará hablar de fisiología, es decir, de si el cuerpo político español es capaz de funcionar, o por decirlo, de otro modo, de asegurar la gobernabilidad de las instituciones, que es para lo que los ciudadanos las eligen. Porque el riesgo de esta anatomía y de una fisiología previsiblemente tan compleja es que, dentro de nada, estemos hablando de patología. Esa, me temo, es la cuestión.