Por 41 miserables euros


No conocemos la cara del niño Adou porque lo impiden las normas de protección de la infancia. La crónica de su sonrisa (y de sus penas) es, por tanto, una crónica escrita que nos impide percibir sus sentimientos. Pero conocemos su perfil, captado por el escáner de la Guardia Civil en la frontera de Ceuta: el perfil de un crío encogido en una maleta que los guardias descubrieron con asombro. Lo pasaron por la aduana como si fuese un fardo de hachís. Lo pasaron de esa forma, que es poco humana, pero no más inhumana que los que pasan en los bajos de un camión, o en la zona de las hélices de un barco, o hacinado en una patera de las que se hunden en alta mar.

Ayer, después de muchos devaneos jurídicos, le concedieron un permiso temporal de residencia que le permitirá pasar un año con su madre en la isla de Fuerteventura. Su padre está en prisión por tráfico de personas, dicho en lenguaje jurídico, pero en el lenguaje ordinario está preso por el horrendo delito de haber intentado rescatar a su hijo de las penalidades que pasaba en Costa de Marfil. Y en prisión sigue, porque importa más el cumplimiento de una norma rígida y fría que el esfuerzo por reunirse con su hijo.

Pero hay algo peor: ese padre y ese niño no se pudieron reunir de forma legal porque les faltaba una póliza; les faltaba la escalofriante cifra de 41 euros. Esa era la diferencia entre el sueldo mensual de ese hombre y lo que exigen las normas para justificar el reagrupamiento. 41 euros. La rigidez administrativa, la frialdad burocrática, el rigor ordenancista de las leyes, la falta de flexibilidad del funcionario al que tocó resolver la solicitud, hicieron que ese niño haya tenido que ponerse en manos de alguna organización de tráfico de personas.

Y ahora, ya digo, el padre de Adou sigue preso en la cárcel en Ceuta. Y agravan su pena enviando al niño con su madre a la isla de Fuerteventura. Supongo que legalmente tiene que ser así. Pero me cisco en la interpretación de esa legalidad cuando no tiene la sensibilidad de percibir ni valorar sentimientos. Me cisco en la incapacidad de ponerse en el lugar de esa criatura de ocho años cuando piensa que va ser recibido con un beso y es recibido por unos guardias que lo recluyen en un centro de internamiento. Y me cisco en quienes aplauden ese cumplimiento de las leyes, simplemente porque son leyes, aunque carezcan de toda humanidad.

Al final siempre gana la lógica y veremos un final feliz de la involuntaria aventura de Adou y celebraremos el día del reagrupamiento. Pero algunos seguiremos gritando que no se puede impedir el encuentro de un padre y un hijo por 41 miserables euros y que a un padre que lo intenta no se le puede tratar como a un criminal.

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Por 41 miserables euros