Aquel infierno


Un militar español, que regresaba de Nepal de buscar desaparecidos tras el devastador terremoto, definió la situación en el país como «la puerta del infierno». Horas después de la inquietante descripción, otro seísmo indicaba que la puerta se había abierto del todo.

El primero se produjo el 25 de abril. Los días siguientes hubo varias réplicas y el segundo temblor de magnitud superior a 7 se registró el 12 de mayo. El pasado sábado, otro de 5,7 contribuía a mantener sumidas en inquietud permanente, si no en el terror, a miles de personas.

Balance provisional: más de ocho mil muertos y más de medio millón de viviendas destruidas en uno de los países más pobres del mundo, que trata de atender como puede a millares de heridos, de personas sin hogar y de familias que no se atreven a volver a casa porque la tierra no para de temblar.

La situación empeorará con la inminente llegada del monzón, Unicef trata de lograr algún refugio seguro para miles de niños sin hogar. Hay muchos que padecen desnutrición severa, tras la peor tragedia sufrida en este país. Crece el temor a que en medio del caos esté incrementándose el tráfico de menores.

Reacción del rico y civilizado mundo occidental: el pasado viernes, tres semanas después del terremoto, la Asamblea General de la ONU pedía apoyo para Nepal y advertía de que solo se había cubierto hasta ese momento el 14 % de los fondos de emergencia solicitados.

Desde su burbuja de bienestar -agujereada por la desigualdad creciente-, las instituciones del mundo rico reaccionan a paso de tortuga a la demanda de solidaridad. Luego se sorprenden y alarman por las oleadas de inmigrantes desesperados.

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