Elogio del indeciso


Dice Sondaxe que uno de cada tres gallegos aún no sabe a quién votará el próximo domingo. Un tercio del país sigue deshojando la margarita. Una semana antes de la cita con las urnas hay todavía 268.000 indecisos en la Galicia urbana. Aunque descontemos de la nómina un elevado porcentaje de voto oculto y acomplejado -sabe adónde va, pero no lo dice-, y tengamos en cuenta también nuestra arraigada costumbre de dejar para el último día la declaración de la renta, la ITV del coche y la elección de la papeleta electoral, tanta indecisión creo que no cuenta con precedentes. Significa, en sí misma, un avance del escepticismo y una muestra de la desconfianza que inspiran los vendedores y su mercancía. Y si la gigantesca duda colectiva no se traduce en abstención rampante será porque unos votarán tapándose la nariz, otros lo harán directamente con la tarjeta de crédito y los de más allá, simplemente como mal menor. La ilusión hace mucho que está en retirada.

Por eso quiero efectuar aquí una cerrada defensa de la figura del indeciso. Por más que sus titubeos causen desazón en las sedes de los partidos y a las empresas demoscópicas les chafen las encuestas. El indeciso es, por lo general, un ciudadano de orden pero escarmentado. Zarandeado por la crisis, indignado por el latrocinio, frustrado por las promesas incumplidas, desencantado con su partido. Y ahora, bombardeado por la propaganda, no sabe a qué carta quedarse. Sus bolsillos están vacíos y sus hijos sin trabajo, pero España va bien, crece más que nadie, las empresas del Ibex multiplican sus beneficios y los patrimonios de las sicav crecen como la espuma. Antes o después, esa riqueza se desparramará de la mesa y algunas migajas entrarán en su casa. Quizá, pero no es seguro. Ya lo decía Poincaré, matemático, físico y filósofo de la ciencia: «Duda de los datos hasta que los datos no dejen lugar a dudas». Pues eso.

El indeciso, como ciudadano de orden, no quiere contribuir a la ingobernabilidad municipal ni a la fragmentación. A este respecto resulta sorprendente que la estabilidad se exhiba como la virtud teologal del buen gobierno -para estabilidad, la de Franco-, pero aún tiene más pecado que se identifique con la mayoría absoluta. El esperpento representado en Santiago durante estos cuatro años debería vacunarnos contra esa tentación. Pero la disyuntiva del indeciso es otra, más simple y tan vieja como la humanidad: o continuidad o cambio. O aceptamos el viejo refrán -expresivo de la resignación, el miedo o los intereses creados-, que otorga más valor a lo malo conocido que a lo bueno por conocer; o nos internamos por la senda del futuro, con los riesgos y oportunidades que la decisión conlleva.

«El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona», decía Aristóteles. Tenía razón el filósofo griego, a condición de que la duda no se convierta en gas paralizante. Porque, llegada la hora de las urnas, se acabó la duda: prefiero equivocarme en el voto a que los demás se equivoquen por mí.

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