Uno de los libros más fascinantes que se pueden leer, y que por ignorados motivos no se prescribe en las escuelas, es Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig. El austríaco, prodigioso autor, narra en este volumen aconteceres que pudieron cambiar el curso de la historia. De la caída de Constantinopla a la derrota de Napoleón, entre otros, el lector descubre con embeleso cómo todo pudo mudar en virtud de ciertas decisiones. Cuando habla de Cicerón y su atroz sino, emplea el sintagma que titula esta columna: la rueda pirotécnica de las palabras. No encuentro mejor epítome para significar esta campaña electoral, ya pasado su ecuador. Palabras y gestos que hacen de los políticos, tan distanciados de la calle, los actantes de estos días innecesarios. Y digo innecesarios porque no creo en las campañas electorales. Porque me parecen un gasto impropio de estos tiempos en los que nos han recortado hasta el aliento. Porque se podría hacer campaña sin repartir bolígrafos con sonrisa en mercados y paseos. Los periódicos, radios o televisiones son el lugar de las campañas. Allí debieran exponerse y litigarse argumentos de unos y otros. Allí, aquí, es la plaza pública donde reclamar votos en función del vigor intelectual de las propuestas y de aquellos que las proponen. No recuerdo una campaña electoral más populista y sobrante. Pirotecnia de palabras. Stefan Zweig, el maestro, no le dedicaría ni una línea.