Aunque la demolición es mucho más fácil que la construcción, existen casos en los que un edificio -porque es muy recio, porque tiene materiales valiosos o porque está en zonas sensibles- es difícil de tirar. Y por eso han surgido especialistas que saben demoler sin efectos colaterales. Pero, cada vez que vemos una de esas magníficas demoliciones, todos sentimos la tentación de pensar que se trata de un negocio basado en la sensiblería, y que lo mejor es usar el petardazo, estilo Mortadelo y Filemón, y dejarse de tonterías.
Los partidos son construcciones inmateriales muy difíciles de demoler. De hecho, que yo recuerde, solo la UCD fue liquidada a conciencia, sin producir efectos no deseados, bajo la dirección de Íñigo Cavero. Y por eso nuestro sistema está lleno de ruinas partidarias, inservibles y fantasmagóricas, que nadie sabe cómo erradicar.
Consciente de este problema, y con su acendrado espíritu de servicio a la convivencia y a la participación del pueblo, Pedro Sánchez acaba de proponer un método de demolición de partidos que puede causar furor en la parroquia, ya que, sin apenas coste económico, y en un plazo muy breve, es capaz de no dejar piedra sobre piedra. Un sistema que, lejos de ofrecer como resultado un solar lleno de escombros, promete un cráter de cincuenta metros de profundidad en el que los nuevos propietarios pueden construir un párking subterráneo. ¡Un lince el ingeniero este!
¿Y cómo se hace? Pues muy fácil. Se instala un atril en cualquier parque del país, se coge a un líder atildado en el vestir, y, en vez de hablar en serio de la gobernación del país, se dice: «Este partido va a dar plena libertad a las federaciones territoriales para que hagan los pactos según su criterio, sin más condiciones que la de excluir -sin razonar- al PP y a Bildu». ¿Y por qué esa frase es tan demoledora? Porque los partidos solo sirven para reconducir las posiciones individualistas y localistas hacia estrategias de gobierno coordinadas y coherentes. Y si no sirven para eso, amigo Pedro, no sirven para nada. Ningún candidato del PSOE, ni el de Madrid ni el de Mondariz-Balneario, te necesita a ti para hacer elecciones y pactar la alcaldía, o lo que sea, con quien le dé la gana. Eso lo hacen solos mejor que acompañados. Y a eso tienden, por desgracia, por su propia naturaleza.
Para lo único que existes como secretario general es para que la política no sea un caos total, ni una fuerza incoherente, ni un reino de taifas; y para que el PSOE no pacte en cada sitio en abierta contradicción con la federación vecina. Pero se ve que tu interés por gobernar está supeditado a una pura estrategia de poder que deviene inevitablemente en este «sálvese quien pueda». Por eso actúas como un dinamitero, al que sus propios camaradas le van a pedir responsabilidades inmediatas. ¡Pobre PSOE!