Ahora que todo el mundo está de subidón, y tronado, con Juego de tronos, voy a recomendar otro plato, para despistar. Vean Girls. Aparquen ese chute de heroínas y sangre de los reinos y pásense a la dosis corta pero efectiva de la vida real con Girls. Esta serie es un tiro. No llega a media hora, pero cada capítulo es un disparo a quemarropa de talento. Es un himno generacional. Empieza cuando dos padres cansados de que su hija no haga nada le comunican que se acabó, que si quiere escribir, que se mantenga ella. Y ahí empieza ese himno para la generación que tiene ahora veinte o que ya pisa los treinta. Es tremenda. La chispa fue ella. Fue Lena Durham, a quien sus padres le dijeron ese se acabó la subvención. Adiós a la sopa boba. Tienes ya unos años. No puedes ser toda tu vida un ácaro. Si quieres vivir de escribir, escribe y gana dinero. Y vaya si lo hizo. Escribir, ganar dinero y protagonizar su propia serie sobre ¿su vida y la de sus amigas? Fue en abril del 2012 cuando despegaba como un cohete Girls y ya van cuatro temporadas. Girls es ese manifiesto generacional, porque no exhibe todo lo postizo y de silicona que exhibían aquellas míticas Sensación de vivir y Melrose place. Girls es una transfusión de caos, o sea de hoy mismo. Girls es el gusano de la manzana de NY. Son los capullos que no se convierten en mariposas. Solo quieren acostarse con las mariposas. Y mariposas que jamás aceptarían ser una mariposa. Tonterías, las justas. Las relaciones suben y bajan. Como los toboganes y el tequila. Girls es auténtica. Como que Belén Esteban tiene un toro de Osborne tatuado en la cacha derecha. Pero esto solo pasa en España y no tiene nada que ver con Girls, que es talento neoyorquino, universal, empapado en risa.