Apenas han pasado tres años desde que una chuminada de Artur Mas, disfrazada de órdago democrático y patriotero, subvirtió los análisis políticos, el orden constitucional y las sesudas revisiones de la historia de España. Lo que dijo Mas, atribuyéndole su delirios a la sociedad civil, es que España oprime, roba y desprestigia a Cataluña, y que las dos únicas salidas democráticas a tanto oprobio inventado son, o una negociación desigual entre España y Cataluña, que prime la deslealtad de la Generalitat, o abrir un proceso de secesión unilateral al margen de la Constitución y de la ley.
Las bases de tan atrabiliaria propuesta eran cuatro. Una estúpida definición del derecho a decidir que no tiene más límites ni contextos que lo que a cada cual le viene en gana. Una forma de entender la política que la reduce a un juego de trileros, en el que basta tener habilidad para entrar y salir de España y de Europa a gusto del consumidor. Una manipulación de la historia que borra y escribe páginas con la misma facilidad que tienen los niños para pintar postalitas el día de la madre. Y un acojone general de las élites intelectuales, empresariales y políticas, que hizo triunfar el frío cálculo de que ir contra Mas te convierte en rancio patriota, con tufo franquista, mientras que ir contra toda la racionalidad política, jurídica y científica de un país acomplejado casi siempre sale gratis.
Y así se explica que, tan pronto como empezó la fiesta, un montón de yuppies acomodados en sus cátedras, una caterva de comentaristas a los que el rollo alambicado les parece más guay que la obviedad cotidiana, y un conjunto de políticos que pensaban que todo lo que desgasta al Gobierno es lícito, empezaron a reclamar un diálogo que, en vez de hacer a Mas la variable dependiente de un Estado de derecho, convertía a Rajoy en el muñeco de trapo que debía acallar -siempre cediendo- los gritos y pataleos del niño revoltoso.
Solo Rajoy se atrevió a decir dos aparentes simplezas que el tiempo convirtió en genialidades: que hablar de nada no es virtud; y que en democracia no existen derechos ni estrategias al margen de la ley. Solo Roberto Blanco y yo mismo nos pusimos -sin matices- al lado de la ley y contra las ocurrencias de Mas, esperando a que las aguas volviesen al cauce. ¡Y menos mal! Porque están volviendo. Y porque si Rajoy hubiese cedido habría generado una zapatiesta sin retorno, que, además destruir a Cataluña, pondría a toda España al borde del abismo. Aún hay quien dice que este presidente, que salvó la cara del país, es un indeciso sin ideas. Pero, si no queremos equivocarnos, conviene barajar la hipótesis de que sea un hombre de Estado con rostro de esfinge. Porque, como dijo el alcalde de Zalamea, «¿qué importa errar lo menos, quien ha acertado lo más». ¡Qué bien escribía Calderón!