En Cantabria, el partido de fútbol que se asoma a las barras de bar no es de Champions League. Ni de la Liga de las estrellas. Es de Primera alevín. Resulta que una versión mini del Racing de Santander venció al Calasanz por 34-1. El duelo encendió el debate. La cuestión es si el desmesurado marcador debe hacer que se sonrojen más los vencedores que los derrotados, todos ellos niños de 11 y 12 años. Hasta en la federación cántabra se preguntan si es necesario convertir la máxima «que gane el mejor» en un «que trituren al más débil». Algunos apuestan por la lección dura. La vida es así. Los tiburones comen pececillos. Mejor saberlo cuanto antes. Es lo que toca. Otros, en cambio, creen que el Racing debería haber cambiado el rumbo del partido para buscar un resultado más aseado para su rival y para sí mismo. Son los que piensan que nunca es pronto para intentar ponerse en la piel del otro, para mostrar un poco de piedad, para salvaguardar el paraíso de la infancia. Ambas posiciones tomaron cuerpo en los dos entrenadores después de la primera parte. Entonces, con un 15-0, el técnico del Calasanz le pidió al del Santander, el exjugador Sergio Matabuena, que aflojara. La negativa se tradujo en el 34-1 definitivo.
En Galicia, en estas categorías, se plantean dilemas similares. Hace tiempo, la madre de un pequeño futbolista relataba una historia jugada en campo gallego y con un final distinto. En el descanso de un partido, cuando el equipo favorito había abierto una brecha considerable de goles, el entrenador pidió a sus niños que durante la segunda parte ensayaran jugadas, se pasaran el balón y disfrutaran, pero que evitaran por todos los medios marcar. «Eles son nenos», dijo. Y el resultado se quedó congelado. La vida también es así.