No comenzó todavía la campaña electoral y ya está servido el debate sobre los debates. Un clásico. Los candidatos del PP de las siete principales ciudades de Galicia han dado un paso al frente para ganar la iniciativa: se ponen a disposición de los demás partidos para confrontar públicamente sus propuestas. ¿Con todos? Bueno, ahí empiezan las diferencias. En principio solo con los que tienen representación en las actuales corporaciones. Y ya hay debate.
La tradición de los cara a cara, inaugurada por Kennedy y Nixon en el año 60 con la emergente industria de la televisión jugando un papel político protagonista, tiene casi tantas versiones como países que la practican y, aunque suelen ser pulsos a dos, no son raros los debates a varias bandas. Tampoco aquí, aunque cuesta. Gran Bretaña, con un bipartidismo asentado durante centurias, dio ejemplo de flexibilidad: cuando en el enfrentamiento entre Cameron y Brown apareció un tercer actor con muchas posibilidades en la nueva etapa, al liberal Nick Clegg se le dio voz en el debate a tres.
Algunas de las candidaturas se quedan siempre en puras anécdotas y sin representación. En situaciones de normalidad y rutina democrática, casi todo el mundo aceptaría que en los debates participasen quienes ya están presentes en las instituciones y aspiran a volver a estarlo. Pero ¿tiene eso sentido en una panorama como el actual en el que las preferencias de los ciudadanos y las expectativas de los partidos son más variables que el clima en Galicia? Las encuestas y el sentido común apuntan a la irrupción de nuevos jugadores en este partido, por la derecha y por la izquierda. Incluso puede haber quien ahora se quede fuera de juego. Ya casi nada es como era.