El zorro, las gallinas y el ministro mudo


En julio de 1996, tres meses después de ser nombrado ministro de Economía, Rodrigo Rato estrenaba su brillante carrera con una frase para enmarcar: «Aquellos que hacemos el esfuerzo de contribuir como marcan las leyes al sostenimiento de los gastos del Estado, nos vemos seriamente perjudicados por el crecimiento del fraude». Manda huevos. Eso decía el pollo que, aupado a la presidencia de Bankia por sus correligionarios, tiraba de tarjeta black -cada gasto, un fraude- para degustar los huevos estrellados de Casa Lucio, regalar bolsos y perfumes caros, visitar antros de dudosa reputación o gastarse de una tacada 3.547 euros en bebidas alcohólicas. El exdirector gerente del FMI, que exigía moderación salarial al proletariado, necesitaba ese plus para completar la magra remuneración de 2,34 millones de euros que le pagaba el banco público.

Ahora sabemos que todo eso, nutriente de demagogos y tertulianos, solo era pecata minuta. Diminutas prebendas, incluso merecidas -si no fuese por el quíteme usted esos impuestos- por quien el difunto Emilio Botín definía como «el mejor ministro de la monarquía». De lo grueso, de cómo metía la mano en la caja, de sus tejemanejes con la banca Lazard, de la repentina transformación de 309 millones de beneficios en 3.000 millones de pérdidas o de la estafa a ingenuos inversores bursátiles, todavía no hay sentencia definitiva. Manda la presunción de inocencia, pero manda huevos.

Ahora sabemos que Aznar puso al zorro a cuidar de las gallinas y hasta pretendió convertirlo, por dos veces, en el capón del gallinero nacional. Milagro sería, y doctores tiene la Iglesia para dilucidar la cuestión, que muchas de las aves no fueran desplumadas por guardián tan peculiar.

Ahora sabemos, a pesar del clamoroso silencio oficial, que el superministro se acogió a la amnistía fiscal que su subordinado de entonces pergeñó a la medida de su exjefe y de cuatro amiguetes. Por un módico 10 % de los fondos evadidos, y muchos por el 3 % en temporada de rebajas, sus activos quedaron «regularizados». El viejo discípulo de Rato los absolvió de sus pecados, al tiempo que les prometía secreto de confesión.

La repentina afonía de Montoro constituye precisamente la segunda piedra de escándalo. El fraile que, desde el púlpito del Congreso, lanzaba admoniciones a periodistas, actores y deportistas, enmudeció súbitamente. Al ministro lenguaraz, látigo de contribuyentes distraídos y defensor de la identidad Partido Popular-Cáritas a efectos fiscales, le comió la lengua el Rato. No puede hablar por prescripción facultativa, porque se lo impide el artículo 95 de la Ley General Tributaria. Olvida que en el 2012 prometió derogar tal precepto y colocar la lista de evasores en el tablón de anuncios. Como hizo en su día Fernández Ordóñez, para que no se diga que no hay precedentes. Pero Montoro se escaquea y ahora empezamos a sospechar el porqué: para instrumentalizar políticamente el juguete «de todos» y, de paso, proteger a los amigos. Manda huevos.

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