La caída y la culpa


Despeñarte con tus amigos por un barranco del Atlas; que uno se muera, que el otro, malherido, se quede indefenso al frío de la noche. Pero que pronto te localicen y, como en los Alpes, en los Pirineos, cuentes con que llegará el rescate en forma de colegas, de hombres de la montaña que te comprenden, que comparten tu pasión y tu riesgo, y que se alegran de que sigas vivo y que rápidamente te rescatan y lo celebran. Y lloráis la pérdida del compañero que ha muerto en la caída, pero sabéis que ha sucumbido por el diezmo que se cobra el montañismo, el precio asumido, y que murió haciendo lo que le gustaba.

Pero el rescate no llega aunque, sin saberlo, estáis saliendo en los telediarios de vuestro país cada seis horas. Y pasan tres días en el mundo de Facebook y de Twitter, en el de los helicópteros más modernos y los mejores medios. Y allá en la sima seguís solos. Y entonces aparecen Pepe Gotera y Otilio, con un palillo en la boca y una bolsa de deportes con el instrumental. Y a tu compañero vivo lo intentan rescatar como quien mete un armario ropero en un ascensor donde no cabe, y tropiezan, golpean, resoplan y lo dejan caer al abismo.

Luego ya llegan los tuyos, y a ti, que estabas ileso, te rescatan. El orgullo patriótico que querían afirmar nuestros vecinos a vuestra costa ha dejado dos cuerpos en la sima. Nunca antes nadie ha escrito una fábula tas desgarradora sobre las fronteras y la banderas. Sobre el patriotismo y la arrogancia. Pero ya sabes, la culpa la tienes tú por caerte.

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