Nuestras mamás nos cogían por un brazo y nos decían, «venga, daros un beso y pedíos perdón». Y nosotros, a regañadientes y remoloneando todo lo que podíamos, avanzábamos hacia aquel bobalicón y representábamos una reconciliación que sabíamos que no llegaría nunca. También nuestras madres sabían que las hostilidades y mamporros volverían a resurgir a la vuelta de la esquina.
Mariano Rajoy ejerció ayer de mamá apaciguadora ante la muchachada popular. Y fue una maravilla porque Arenas besó a Cospedal; Barreiro abrazó a Feijoo, y Aguirre y Cifuentes se achucharon. Pura comedia. Lo saben ellos y lo sabe el propio Rajoy que no ha hecho otra cosa que lograr una prórroga hasta las municipales.
Rajoy presume de manejar las situaciones convulsas como nadie; con mucha maestría, sin hacer ruido y sin provocar heridas. Porque sin una mala mueca ni una mala palabra sitúa lo banal por encima de la realidad como viene haciendo desde que llegó a Moncloa. Por no reconocer no ha reconocido que nos devora la corrupción y aún así con esa táctica de escapista ha logrado sobrevivir a más conspiraciones que Fidel Castro.
Ayer Rajoy cargado de cifras, llamadas a la unidad y a no distraerse ante lo bien que va el país y lo contentos que estamos todos, ganó unas semanas de tranquilidad hasta las municipales. Pero ni un día más; porque esa noche pueden volver a resurgir las escaramuzas y refriegas y él sabe, como sabían nuestras madres, que esta es una prórroga que con gran generosidad le han concedido quienes critican y desautorizan cada mañana. Y que a la vuelta de la esquina, como nos ocurría con aquel niño repelente, volverán los guantazos.