Todo indica que, mientras los ciudadanos vamos a votar condicionados por la desafección política que produjo la crisis, los partidos van competir al margen de la crisis, olvidando que esta situación hay que gobernarla, y tratando de aprovechar un tsunami de renovación que, si pasase sin pena ni gloria, despertaría de su sueño a todos los pescadores en río revuelto. Por eso es muy posible que cuantas más ganas de cambio le pongamos al voto, más demagogia generen los partidos que intentan subirse a un tren que no volverá a pasar. Si analizamos la situación desde Galicia, parece que esta paradoja se agranda, ya que, además de contribuir a una legislatura difícilmente gobernable, los gallegos corremos el riesgo de entrar en una zona políticamente desvalida. Mientras los partidos más competitivos van a atender con absoluta preferencia a las autonomías y espacios urbanos que ofrecen mayor rentabilidad electoral -Cataluña y Madrid, las ciudades de Madrid, Valencia y Zaragoza-, las ciudades medias de España -Bilbao, Vigo, Gijón, Jerez, Murcia y Hospitalet- y las cuatro grandes ciudades andaluzas, solo las circunscripciones que tengan una fuerte identidad electoral y estratégica -Cataluña, Euskadi, Andalucía y Canarias- podrán evitar el ninguneo derivado de estos cambios estructurales inmediatos. Y Galicia no está en buena posición. Porque, además de carecer de interés para la competición nacional -ya que no es grande ni urbana-, corre el riesgo de no identificarse con su marca electoral más tradicional, que en estas elecciones coincide con ese PP al que todos -partidos y electores- quieren escarmentar. Podemos y Ciudadanos esperan su cosecha en los espacios urbanos y en aquellas comunidades en las que PP y PSOE han sufrido el doble desgaste de ser casta y centralistas. PNV, CiU, ERC, Bildu y Coalición Canaria esperan mitigar el revolcón de la crisis compitiendo solo en sus propios espacios. El PSOE, que ya tuvo un respiro en Andalucía, vuelve a mirar a Asturias y Valencia, donde espera mejorar algo en relación con la derecha. Y el PP se la juega otra vez en Madrid, Valencia y Andalucía, ya que en los demás espacios o compite desde el tope o está en abierto retroceso. ¿Y Galicia? ¿Le interesa a alguien? Creo que no, porque todos miran a otros clientes preferentes.
Por eso somos el único territorio al que, en vez de ofrecerle paraísos terrenales, nos están utilizando para simbolizar una nueva racionalidad gestora que se puede llevar por delante nuestros trenes, que ya tienen la enemiga de CiU y Ciudadanos, nuestras autopistas marítimas, que no le gustan ni a Andalucía ni al Cantábrico, y nuestros sectores más competitivos, que al resto de España le suenan a despilfarro. Y eso quiere decir que, si no regionalizamos la estrategia del PP, seremos la elipsis de la gran revolución.