Según he leído recientemente, un grupo de investigadores norteamericanos sostiene que un cambio enzimático en los homínidos podría explicar nuestra secular atracción por las bebidas alcohólicas, ya que estaríamos predispuestos genéticamente a tolerar el etanol. Los autores analizaron en los primates la evolución molecular de una enzima capaz de metabolizar el etanol y por tanto de permitir el consumo de productos fermentados disminuyendo la sensación de borrachera. Pues bien, mientras que las enzimas de la gran mayoría de los primates eran incapaces de metabolizar el etanol, las correspondientes a gorilas, chimpancés y humanos lo hacen de manera muy eficiente. Los autores afirman que en un determinado momento de la historia de la Tierra estos animales comenzaron a explorar la vida en el suelo descendiendo de los árboles. En este nuevo medio, nuestros antepasados comenzaron a comer, no solo la fruta recogida de los árboles, sino también los frutos caídos al suelo, que en su proceso de descomposición acumulan etanol. De acuerdo con su hipótesis, un primate normal que comiera este tipo de frutas fermentadas se expondría a un aumento de etanol en sangre y se pondría ebrio rápidamente, con el consiguiente peligro frente a depredadores o rivales. Ahora bien, un animal con la nueva mutación podría comer mayor cantidad de esta fruta fermentada sin emborracharse. En consecuencia, concluyen que «un episodio de adaptación al etanol en nuestros ancestros podría explicar por qué los humanos modernos están predispuestos al consumo excesivo de etanol». Veamos. Hubiera bastado una visita de estos científicos al SalouFest, donde miles de ingleses se reúnen para emborracharse, para darse cuenta de que en España ya conocíamos la citada mutación, y para demostrarlo basta repasar algunas expresiones y comportamientos en estas concentraciones. Para empezar, nos referimos a quien coge una borrachera con la expresión «coger una moña» que hace referencia a la forma incontrolada de gesticular de los borrachos, que muestra grandes similitudes con los monos. Es sorprendente, también, el hábito de subirse a las barras y/o mesas de quienes están beodos, lo cual no es sino un comportamiento ancestral que nos recuerda los hábitos arborícolas de los primates. Tampoco es infrecuente que algunos borrachos acaben la noche haciendo vida en el suelo del local en una clara reminiscencia de nuestros antepasados lejanos. Finalmente, y para no extenderme, no hay que olvidar la tendencia a realizar las necesidades fisiológicas sin pudor alguno y la emisión de sonidos de alta frecuencia, cosas que los primates realizaban con destreza. Creo que hasta ahora nadie había destacado el obvio interés evolutivo de estas concentraciones, ya que poder observar in situ el comportamiento de primates podría atraer a científicos de todo el mundo. Por lo demás, lo que me molesta es que los organizadores piensen que han inventado algo cuando la fiesta de los primates borrachos tiene diez millones de años de antigüedad. ¡Uuuu, la más antigua de España!