Si yo fuese moderno -gracia que no quiso darme el cielo-, diría que el término Semana Santa ya es polisémico, porque según para quién y en qué contexto significa una cosa distinta. Para los economistas es el 2,3 % del PIB español. Para los funcionarios y profesores, y para la mayor parte del sector servicios es el tiempo de ocio más apetecible del año, porque finiquita el invierno y no computa en las vacaciones. Para las autoridades y empresarios, que en su mayoría descansan, son los días en que se hacen 17 millones de desplazamientos por carretera, y 3 millones de viajes en trenes y aviones, que generan una altísima exigencia en seguridad pública, abastos y atención sanitaria.
Para los laicistas la Semana Santa es una extraña eclosión cultural, ciertamente típica y mayoritaria, en la que mucha gente que ya no cree en nada actúa como si fuesen religiosos, se comportan con extrañísima corrección y recogimiento, y hacen teatro en las calles paseando imágenes muy viejas y absurdamente realistas. Y para los telediarios son los días del equilibrio, porque, obligados por la demanda a reflejar las mejores imágenes de las cofradías, no pueden resistirse a contraprogramar esos minutos con noticias de mal gusto dedicadas a los borrachos que vomitan las calles de Castelldefels, o a cotraprocesiones irreverentes que, como el inevitable Genarín leonés, son testimonio soez y desgraciado de la moderna libertad de expresión.
Para mí, sin embargo, la Semana Santa es una milenaria manifestación de fe, que, por su fuerza excepcional, hace posible todo lo demás. Es la mayor capitalización artística del mundo al servicio de una idea excelsamente expresada. Es el mayor escenario de exhibición mundial de arte y cultura que, en vez de estar encerrada en los museos, sale cada año a las calles para establecer con los vecinos y curiosos un diálogo trascendente. Es el único acto humano que se puede repetir exactamente igual todos los años sin que falten sus millones de espectadores, sus cientos de miles de devotos cofrades y organizadores, sus olores de primavera bajo la luna llena, y sin perder un ápice de su interés y atractivo. Y es España, con su fantástica historia de luces y sombras, convertida en fiesta popular de inigualable belleza, con sus templos asombrosos, sus tallas sublimes, sus pasos inimitables, sus calles y escenarios más hermosos, sus ritos más intensos, y con la música más diversa y excelente que se ha escrito e interpretado jamás.
Para millones de personas también es la gran fiesta de la religiosidad popular, que, abrumada por los misterios teologales de la fe, supo humanizarlos, bajarlos a la calle y tratarlos de tú, que es como los verdaderos cristianos -los buenos y los malos- tratamos a Dios. Y ahí seguimos, porque estamos en los días en los que «tiembla el misterio».