Claves de una defunción anunciada

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

02 abr 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Como si se tratara de una conspiración organizada contra ella, Rosa Díez es la víctima política de la temporada. No hay crónica, comentario ni tertulia que no la considere, a ella y a su partido, como destinadas a desaparecer del escenario en el breve plazo que nos separa de las elecciones municipales. A lo mejor Rosa hizo méritos para esa condena, no lo sé. Pero el designio tiene algo de injusto: la injusticia que provoca la oportunidad o la falta de oportunidad política o la aparición de un nuevo, exitoso e inesperado liderazgo en el territorio que ella ocupa.

Ese es su infortunio. Unión, Progreso y Democracia (UPyD) tiene una biografía corta, pero interesante. Es el partido que hizo más y mejores estudios de la realidad española, entre ellos uno que debería servir de base para reencauzar el Estado de las autonomías. Tiene el mérito de haber intentado crear una fuerza política de centro que, si no fuese por la mayoría absoluta del PP, hubiera podido ser la bisagra que evitara la dependencia de los nacionalismos que tanto chuparon de la ubre del Estado a cambio de la gobernabilidad. Ha luchado tanto contra la corrupción, que este año ha dedicado más presupuesto a litigar contra corruptos que a las elecciones andaluzas, y quizá por eso obtuvo unos resultados tan negativos.

A cambio de eso, a Rosa Díez se le puede acusar y se la acusó de dirección autoritaria de su partido, y quizá sea una acusación con fundamento, pero es que UPyD no existiría sin ella. Es básicamente ella. Y su gran error -al menos el que se le atribuye- es no haber pactado la fusión con Ciudadanos. Le he preguntado a Rosa por ese fracaso y tiene una explicación: porque Ciudadanos no es transparente, no obtuvo datos de su funcionamiento y no se fía de la honorabilidad de sus equipos. Lamento decirlo, pero quizá la historia le acabe dando la razón: aunque esta conversación la mantuvimos antes del gran despegue mediático de Ciudadanos, hoy estamos viendo que a la formación de Albert Rivera están llegando desertores de otros partidos y numerosos oportunistas que acuden como las moscas al aroma del poder.

Al margen de esa explicación, la fusión Ciudadanos-UPyD era imposible, porque tendría que esfumarse uno de los líderes en dos formaciones de fuerte liderazgo personal. Eran dos gallos en el mismo corral, y ninguno de ellos tenía la fuerza moral de pedir al otro su harakiri, ni ninguno de ellos se consideraba inferior al otro, ni en ninguno de ellos asomó la generosidad de la renuncia por una causa superior. Creo que Rivera ha sido tan culpable del fracaso como Díez, pero la historia se escribe siempre a favor del ganador. Y, mientras las urnas no digan lo contrario, el ganador es Albert.