Pablo y Tania


Nunca me creí la indignación impostada de Pablo Iglesias cuando abroncó a una periodista interesada en su relación con Tania Sánchez. Acababa de dar la campanada en las elecciones europeas y caminaba diez centímetros sobre el suelo. En aquellos días, Iglesias apuntaló un personaje que durante meses engordó como si alguien estuviera pautando su desarrollo en un laboratorio. Al plan le venía muy bien esa relación en teoría privada pero que ambos ventilaron con una precisión calculada en la que era fácil intuir una estrategia. El líder de Podemos se estaba aplicando a sí mismo las tácticas políticas que antes había recomendado a sus clientes. En la campaña de las elecciones gallegas peleó para que la bebé de una de las candidatas fuera cartel electoral y Carolina Bescansa comparece a menudo con una criatura en brazos que traslada mensajes a un público glotón de nueva política. Los cativos, como el amor, son poderosos agentes electorales pero utilizarlos o no depende de los límites que se imponga cada uno. España no es el Camelot de los Kennedy, en donde la Casa Blanca era un plató en el que se confundía la alta política con las bajas pasiones. Pablo y Tania nos recuerdan más a la Obregón que a la Pasionaria. Sus posados beben más de la Pantoja que del rigor intelectual de Buenaventura Durruti. Esa aparatosa irritación con la que detienen cualquier aproximación a su dormitorio se parece a los aspavientos de Belén Esteban cuando reclama un derecho a la intimidad que nadie le concede. Al mercadear con su amor, Tania y Pablo perturbaron una saludable tradición: nadie curiosea en el catre de los políticos. A cambio, no se perturba la sagrada liturgia de un escrutinio anunciando una ruptura sentimental que solo le importaba a ellos. 

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