Demasiada tecnología


Estamos tan obsesionados por imponer la tecnología, por concederle relieve y por promover todo lo que no sea inteligencia y comportamiento humano, que al final se vuelve en contra. Llenamos nuestras vidas de ordenadores y sofisticados aparatos y nos olvidamos del factor humano porque resulta más rentable y da menos problemas. También en la navegación aérea. Y así nos encontramos con que un buen día ocurre lo que nunca habíamos previsto; que un piloto decide estrellar el avión con 149 personas a su lado. Y entonces se resquebrajan todos los sistemas de control porque en este planeta tan avanzado y moderno nadie había previsto que los últimos adelantos tecnológicos no fuesen capaces de poner coto a un descerebrado.

Dejando a un lado si Andreas Lubitz estaba o no en condiciones psíquicas de pilotar un Airbus, lo curioso es que a nadie se le ocurriese en todo este tiempo que, al igual que existen perturbados que se dedican a dar tiros en la nuca, o a apostarse en una ventana para abatir a una docena de semejantes, haya alguno que pueda ser piloto. A diario asistimos a comportamientos humanos sorprendentes e inexplicables, pero, por lo visto, les concedemos escasa importancia, convencidos de que la tecnología todo lo puede.

El resultado de nuestros errores al valorar debidamente el factor humano lo tenemos en las laderas de los Alpes franceses. Un joven alemán depresivo y a tratamiento psiquiátrico hizo lo que cada día hacen en el mundo más de 3.000 personas, quitarse la vida, pero esta vez llevándose otras 149. Y lo hizo mientras todos los demás apostamos por la tecnología y los nuevos adelantos. Porque el componente humano cada vez nos importa menos.

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