Todo cambió, se puso casi lunes


Todo por un accidente de aviación. Como otros muchos, pero aquí al lado, al alcance de nuestras manos. En esa proximidad que sobrecoge. Una proximidad que, todavía hoy veinticinco años después del derrumbe del Muro de Berlín, se encuentra acotada en nuestro imaginario de gente de edad por aquel separador telón de acero. Donde se iniciaba la lejanía, o un infinito, que no se alcanzaba a tocar con las propias manos.

Infinito en el que Montenegro o Estonia resultan hoy más comprensibles en esta realidad europea gracias a la guerra reciente de los Balcanes y sus secuelas inaprensibles, o al despliegue estonio de la e-ciudadanía para diez millones de habitantes cibernéticos, y la amenazante estrategia de los dirigentes de la Federación Rusa. Nada que ver con lo exótico, Asia o África, incluso América, pero tampoco con nuestro espacio propio. Un decir, espacios de Francia, Suiza, Alemania, Holanda o Inglaterra, espacios propios que en nuestro caso pueden alcanzar a los mares atlánticos o índicos, espacios propios construidos por idas y venidas de trabajadores, estudiantes, familias, turistas, viajeros asiduos de ida y vuelta. Espacios habitados y recorridos, día sí y día también, por familiares, amigos y vecinos. Por nosotros mismos. Espacios conocidos, calmos, confiados, donde el dolor y la tragedia se contienen. Hasta un día, una vez.

Anteayer fue martes toda la mañana. Por la tarde cambió, se puso casi lunes. La incertidumbre, la desolación nos fueron invadiendo. Un vuelo casero, de los de todos los días, de los que se toman para encontrar la vida, los hijos, también a los padres, o al amigo. Un vuelo de trabajo, de la internacionalización aclamada, de la globalización lamentada. De los de vuelvo mañana. Propios de una rutina cotidiana que en este espacio próximo los convierte en la aventura de un tren de cercanías con pasajeros sentados y algún grupo de jóvenes que se inician en la exploración de lo desconocido próximo, exploraciones sin las que la vida de hoy resulta incompleta.

Y sucede que no, que esta vez no. El misterio de las tecnologías, los ordenadores, la meteorología, o del ser humano que pilota determinados en sus rutinas por un azar imprevisible, revienta lo cotidiano. Y nos invaden los telediarios y los informativos. La prensa con noticias desgranadas con parsimonia repetitiva y tantas preguntas que solo se responden con el indeterminado azar. Gabinetes de crisis y ministros y presidentes presentes. Se movilizan funcionarios que se arriesgan también ellos. Se busca el rescate. Estamos en Europa. Para devolvernos los cuerpos y someternos al rito de comprender las muertes. De ese vuelo casero, nuestro, solo nos queda una soledad sonando. En las calles de Harlem, en el Eixample, en la Königsallee, o en el Obradoiro va sonando un saxofón. Desgarrador. Como tantas partes de la vida.

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